Ernesto Palner

cuentos, poemas y pareceres

Caravelle

El reclamo de Ivette, era básicamente el mismo desde hacía mucho tiempo, y él consideraba que con mucha razón por cierto. A ella le resultaba muy difícil convivir con una persona deprimida y sin ganas de vivir, con un constante desgano por todo; la entendía perfectamente, y por ese motivo se había propuesto terminar la relación, pero terminarla de una forma que ella no sienta ninguna culpa por la separación, que la responsabilidad cayera enteramente sobre él, que en definitiva era el que tenía tantos conflictos existenciales sin resolver, ó sin ganas de resolverlos.

Preparó su vehículo, le dijo a Ivette que iba a pasar un par de días en la casa de unos amigos cerca de Perpignan, lugar donde él había vivido de joven, y donde vivía aún una compañera de facultad de la cual Ivette pensaba que él seguía enamorado. El par de días se transformaron en meses, con cartas cada vez más lejanas y más indiferentes. Ivette, después de esperarlo más de un año, y tratando de recuperarlo, le advirtió que si no regresaba a París para estar con ella, se volvería a Vierzon. La idea de no volver a ver a Ivette le hizo temblar todo el cuerpo, pero tenía que ponerla a salvo de él y su depresión incurable, sería mucho mejor para ella.

Dejó pasar los días tratando de no estar sólo, visitando viejos amigos y recorriendo los alrededores. Imprevistamente, se imaginó con Ivette retomando su viejo trabajo de titiriteros, se preguntaba por qué no empezar de nuevo, por qué no intentar recuperar su vida y su compañera de tantas vivencias. En muy pocos días tenía escritos varios libretos con nuevos cuentos para las funciones de títeres, la vida empezaba a interesarle y a tomar color nuevamente, sentía que tenía que retener a Ivette, sin su amor, definitivamente se acababa su interés por la vida.

Decidido, preparó sus cosas y su viejo Caravelle, tenía que llegar a París lo más pronto posible para compartir con Ivette sus ideas y nuevos proyectos que seguramente cambiarían sus vidas retornando los días tan felices que habían vivido. Recorrió muchos kilómetros, con la grave incertidumbre de saber si llegaría a tiempo para retenerla, sabía que los domingos la entrada a París por la autopista del sur era muy concurrida, pero tenía que intentarlo de cualquier manera.

Imprevistamente, apenas salidos de Fontainbleau, se detuvo el tránsito en todos los carriles, recorrían algunos metros al paso y volvían a detenerse, otro tanto al paso, y nuevas detenciones, cada vez más prolongadas. Pasaban las horas y no avanzaba, no podía ser real, no podía estar pasándole esto, tenía que llegar a París cuanto antes.

Miraba a su izquierda buscando cómplices que entendieran su desesperación, pero encontraba una pareja en un Peugeot 203 con su felicidad avícola y su niñita; miraba a su derecha y había un Volkswagen que conducía un soldado, seguramente recién casado, muy feliz con su nueva esposa; si miraba al frente, había un Peugeot 404 con un ingeniero joven y muy sociable, tratando de conquistar a la muchacha que conducía el Dauphine de su izquierda. Más adelante todavía, adelante del 404 del ingeniero, unos muchachos en un Simca, escuchaban una música estridente a todo volumen y reían a carcajadas continuamente, como si estuvieran en una fiesta. Las únicas recatadas, y que realmente ponían interés en que el tráfico avance manteniéndose en su Citroen 2HP, eran dos monjas que estaban adelante del VW del soldado. Si se mantuvieran todos en sus autos, y con la firme voluntad de avanzar, en vez de estar hablando, comiendo, y riendo, tal vez lograrían continuar sus caminos.

Parecía que todos los que lo rodeaban, a pesar de estar estancados en esa autopista, no comprendían que su vida dependía de llegar a París a tiempo para no perder a Ivette; todos exhalaban vida y felicidad pese al contratiempo, eso lo deprimía cada vez más, no quería hablar con nadie, ni sonreírle a nadie; no quería comer ni beber compartiendo lo que tenían, como hacían todos; solamente quería llegar a Ivette, por esta vez y en mucho tiempo, quería una oportunidad de vivir, de sentir ganas de vivir.

Pasaban los días, las noches, y él seguía firme en el volante de su Caravelle, con la vista fija hacia adelante. Poco a poco, la ilusión de encontrar a Ivette todavía en París, se fue diluyendo. También la idea de empezar nuevamente con su oficio de titiritero, se fue esfumando. Los años, le caían a baldazos sobre su cuerpo a cada minuto que pasaba anclado en esa autopista, su cabeza empezaba a pesarle cada vez más, los brazos y las manos fijos al volante, pero con un peso infernal é insostenible sobre todo el cuerpo.

Cuando el ingeniero del 404, que era quien más recorría los autos vecinos, se acercó al Caravelle, notó que ese hombre callado, serio, y que no había compartido más que algunas palabras con los demás, estaba apoyado sobre el parabrisas mucho más pálido é inmóvil que lo habitual. Junto con el soldado del VW, llamaron a un médico que estaba unos autos más adelante. El hombre del Caravelle, tan pálido y serio, se había envenenado.

Los amigos de Perpignan, devolvieron una carta dirigida a él, enviada por Ivette, y que había llegado un tiempo después que el hombre del Caravelle volviera a París. Ivette la recibió, desilusionada por no tener respuesta de la persona que amó toda la vida, y a quién siguió esperando por siempre.

Consecuencias de la “La Autopista del Sur”, de Julio Cortázar

Ernesto Palner

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Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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La casa y nosotros

 

 

“Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse” *      

  

No recuerdo si fue Irene ó fui yo, pero surgió la idea de alquilar las habitaciones que no usábamos. En principio, para que el cambio de estar con más gente en nuestra casa no fuera muy intempestivo, nos pareció atinado desempolvar unos maniquíes que había en el sótano, que habían pertenecido a la tienda del abuelo, darles un rol específico dentro de la casa, e interactuar con ellos de tal forma que vayamos sintiendo lo que es ver caras y procederes nuevos entre nosotros.

El primero fue Esteban, un joven estudiante de medicina procedente de Jujuy. Como le resultaba fascinante su carrera, estaba muy en lo suyo y no molestaba para nada; se levantaba a la mañana temprano, se duchaba, desayunaba, salía, y no volvía a la casa hasta entrada la noche. Para no apegarnos a él, y como no queríamos que nos tome de confidentes de sus cosas, no le preguntábamos mucho de su vida. Era limpito, prolijo, no traía amigos ni amigas a la casa, era un buen candidato. Dado que el padre lo precisaba de ayudante en su trabajo, no colaboraba mucho en que Esteban estudie, todos los meses se retrasaba en transferirle el dinero para el alquiler de la habitación y para sus gastos. El muchacho terminó desertando al estudio y se volvió a su tierra.

Después quisimos probar con una mujer de unos 35 años, procedente de Chubut, quien había viajado a Buenos Aires porque estaba su padre internado en una clínica, y con no muchas esperanzas de salir sobre sus pies de esa internación. Con Clarisa, que así la llamamos, al poco tiempo de estar en casa, no quisimos seguir probando, dado que nos ponía muy tristes recordando la internación de nuestro abuelo paterno, por lo que decidimos descartarla elegantemente de la candidatura a posible inquilina.

Con una gabardina de nuestro padre, que Irene mantenía en perfecto estado y a salvo de las polillas, una pipa del abuelo Félix, los anteojos de abuelita, y una lupa que había dejado olvidada Robertito, nuestro primo de Mendoza que nos había visitado en unas vacaciones de invierno, nos fabricamos un nuevo huésped que era investigador privado, y a quien llamamos Dupin. No podíamos decir absolutamente nada malo sobre la convivencia con Dupin, era una persona reservada, muy culta, más bien silenciosa, con algunos signos de timidez, no se lo escuchaba cuando estaba, ni cuando salía ó cuando entraba. Evidentemente, lo suyo era el sigilo. Nos gustaba convivir con él, no podríamos decir que no, nos contaba historias fascinantes sobre investigaciones que había realizado en París, en Berlín, y hasta en la misma Pekín había resuelto el asesinato de un monje tibetano ó budista, no recuerdo bien. Una tarde, y como hacía varios días que no lo veíamos, Irene golpeó la puerta de su habitación varias veces por si estaba mal, ó precisaba algo. Sin avisarnos, se había ido, ya no estaba en la casa, como tampoco sus cosas. Una pena, nos habíamos encariñado bastante con Dupin y sus historias, nunca más tuvimos noticias sobre él, ni de su paradero.

Seguimos probando posibles huéspedes, entre ellos una enfermera, que nos venía muy bien en caso que necesitáramos una inyección ó una curación de urgencia, pero temíamos que trajera a la casa gérmenes ó bacterias de sus pacientes, por lo que la descartamos; una estudiante cordobesa de arquitectura, muy bonita chica, muy educadita, pero nos llenó la casa de maquetas gigantes invadiendo insoportablemente nuestros espacios, como también de cabellos el desagote de la bañera, situación ésta muy insolente según Irene; también estuvo unos días un cocinero taiwanés ó tailandés, nunca pudimos entenderle bien sus palabras, quien nos llenaba la casa con un aroma a pescado que los gatos del barrio se organizaban en la puerta para ver como conquistaban la tan bien oliente propiedad; creo que uno de los últimos intentos de alquilar alguna habitación, lo hicimos con un fraudulento heredero chileno que nos tuvo engañados un buen tiempo con su embuste, y se fue sin pagarnos la renta.

Por fin, y después de muchas elucubraciones, nos convencimos; teníamos que mantener los recuerdos de nuestros bisabuelos, abuelos, y demás familiares, si queríamos seguir sanos y unidos como hasta ahora, viviendo en nuestro inocente pasado.

No era una locura permanecer sólo nosotros dos en esa casa, la locura estaba afuera, en las calles, en la gente de afuera, en ese presente enfermizo e imperfecto que no era el nuestro.

Sellamos las ventanas y las puertas, dejamos los maniquíes descansando en el sótano, de donde nunca tendríamos que haberlos movido, y retomamos nuestra tranquila vida, en nuestro hermoso hogar.

—–     —– 

* Casa Tomada –Julio Cortázar-

Ernesto Palner

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Tu imagen, mi sombra

Sobre poema “Cantares” de Ramón de Campoamor

 

Tu imagen,

sombra de mi pensamiento,

tu sombra,

ilusión de mis tropiezos,

mi ilusión,

nuestros destinos unidos,

mi tropiezo,

vivir sin haber vivido.

 

Mi pensamiento,

atado a tus ojos,

tus ojos,

eterno pan de mi alegría,

mi corazón,

buscándote a gritos,

y tu ternura conmigo,

                       y por siempre,

                                           y siempre,

                                                                  viva…

 

 

                                                              Ernesto Palner

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Desencuentros

Desencuentros

Salvados todos los inconvenientes,

aclarados los malentendidos,

limadas las asperezas,

se abrió su boca,

para decir:

-chau.

 

 

 

                                                                                       Ernesto Palner

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Los mentendés y los mexplico

Teniendo ya casi completada mi ficha de ingreso al club de fans de la misantropía, y sabiendo de antemano lo ingrato, inhumano, y subjetivo que es clasificar a las personas en casilleros estancos, de todas formas me lanzo a la aventura para tratar de ordenar mi mente, dejar claro mi punto de vista, y por aquello de querer saber con los bueyes que uno ara.

Los mentendés, están convencidos que las personas que los rodean, tuvieron la desgracia de nacer con muy poco entendimiento, por lo cual, están ellos para revelarles desde la más simple duda, como por ejemplo decirles donde para el colectivo 60, hasta los más intrincados enigmas que sus mentes iluminadas les podrían aclarar. Por tal motivo, cuando terminan su discurso, rematan sus oraciones con un:

-¿Me entendés?

O depende de la dureza que consideran en su interlocutor, utilizan al comienzo de su discurso, nuevas variantes del mentendés, como la siguiente:

-A ver… -y se quedan unos segundos pensando. Que sería lo mismo que decir:

-¿Cómo le explico a este salame?

Y así van por la vida tratando de iluminar con su presunta sabiduría, a todo aquel que lo rodea.

Los mexplico, piensan que si su interlocutor no comprende lo que tratan de decirle, ó entiende algo distinto, es que ellos se están expresando mal ó en términos incomprensibles para el susodicho escucha. Por lo cual, cuando terminan su respuesta ó explicación del tenor que sea, suelen preguntar:

-¿Me explico?

Cuando consideran difícil la oración, también tienen una variante para el comienzo de la misma:

-¿Cómo puedo explicarme?

Esta diferencia que a priori parecería muy sutil, me es suficiente motivo para ubicar a las personas en un casillero ú otro de mi preferencia. Y no lo hago caprichosamente, ni con una reflexión alocada, es una observación de años, un trabajo de campo de mucho tiempo, diría un antropólogo amigo.

Observe el lector que quisiera hacer una prueba empírica, con las personas que tiene a su alrededor, en el trabajo, en el estudio, en la calle, ó en cualquier situación no del tipo familiar, que vendría cargada de una empatía entendible.

Pertenecer al grupo de mentendés, implica llevarse puesto ó avasallar a todo aquel que no lo comprenda, convencidos ellos de sus verdades.

El grupo de los mexplico, reflexionan ante lo que la gente les dice, aprenden de los buenos gestos ó pareceres del otro, y se avergüenzan pero aprenden también, de sus propios errores.

Los mentendés escuchan para responder.

Los mexplico escuchan para entender.

El mentendés es descalificador.

El mexplico inclusivo.

Lo que no me explico, y ojalá alguien me explique, es cómo cada día hay más mentendés, y menos mexplico.

A ver….

¿Me explico?

 

                                                                                     Ernesto Palner

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Las cosas a veces no son como son

Había entregado el auto a las seis en punto, y me quedé un rato hablando con el dueño del taxi, me recordó que mañana había que hacerle cambio de aceite y que mi turno iba a empezar un rato más tarde.

Entré al bar a las seis y veinte, como casi todos los días, y como ya estamos en diciembre, hacía rato que estaba clareando. Desde esta esquina de Gaona y Boyacá cuando no hay mucho smog, se ven unos amaneceres que son para la foto.

El gordo, estaba como siempre apoyado en la barra, como si fuera un cliente,  con los ojos clavados en las noticias.

 -Viste che que hijo de puta ese de la Pampa? –me dijo.

-No gordo, te dije mil veces que no escucho más la radio, entre los colectiveros, los repartidores y los que salen mamados de los boliches, la cabeza  no me da más, lo único que escucho es música de los ’80 que tengo en el mp3.

-Pero no escuchaste del pendejo éste? Dicen que violó una piba, y por supuesto terminó en cana. Al tiempo la piba lo perdona, se casa con el tipo para que quede en libertad, y el muy turro cuando sale de la cárcel, va y le clava 25 puñaladas, tiene que ser mal parido, che.

-Bueno gordo, dejame de hinchar las pelotas y servime un café.

 El gordo es muy buen tipo, pero cuando empieza con el parte diario de los policiales, me pregunto para qué carajo le doy bola, si lo único que quiero después de manejar toda la noche, es relajarme un poco, tomarme un café, y sentarme al lado de esta ventana sin que nadie me joda.

Al rato cayó el pelado, que le seguíamos diciendo pelado, pero el tipo se había mandado un entretejido ó algo así, y tenía más pelo que yo. Él labura en la comisaría que está a media cuadra del bar, y todas las mañanas compartimos la mesa, pero hablando lo necesario.

 -Cómo andás Alberto? –me dijo.

-Todo bien, pelado.–

 Me pareció que tenía cara de problemas, y por las dudas, como con los míos me basta, seguí mirando por la ventana haciéndome el gil.  

 Al minuto, y sin que mediara palabra:

 -Che Alberto, te acordás de mi primo Javier? –me dice.

-Si, el que estaba juntado con la pirada ésa, Patricia se llamaba?

-Si ése, hace como dos años que no tenía noticias de él. No sabés –me dice-, me llamó esta mañana mi tía, desesperada. Claro, como trabajo en la comisaría, se piensa que puedo levantar el teléfono y hablar con el presidente. Mi primo está en un despelote serio.

-Qué pasó?

-Te acordás que al final se separó de Patricia? –me dijo el pelado.

-Si, claro.

-Bueno, al tiempo conoció otra chica, que se llama Sandra, y empezó una relación más normal. Todos estábamos muy contentos por él, porque realmente es buen chico. Se quedó trabajando allá en La Pampa, pero a partir de entonces, y hasta hoy, no tuve más noticias de su vida.

-Y, que pasó? –le pregunté ya con ganas de que redondee.

-Parece que a los dos meses de separarse de la loca Patricia, él empezó a salir con Sandra. Un día de ésos, lo llama la loca, para decirle que quiere tomar un café con él, aunque sea para charlar un rato…, que podrían seguir siendo amigos…, saber de sus vidas…, Javier, mi primo, como es una buena persona, se encontró con Patricia para ver que le pasaba.

-Y, pelado? Mirá que me quiero ir a apoliyar.

-Pará que te sigo contando. Vos sabés como terminan esos encuentros con las exparejas… Por supuesto, terminaron en la casa de la loca desparramados en la cama.

-Ah! Qué buena persona tu primo, estaba saliendo con Sandra y va y se encama con la loca…

-No lo mires así, lo hizo porque le dio pena como estaba esa mujer, le decía que lo extrañaba, que no podía vivir sin él, todas esas cosas que dicen las chicas. Cayó, como lo que es, un inocente pibe de barrio. –lo defiende el primo.

-Bueno, y? –lo apuro yo, que ya me estaba durmiendo.

-Ni te imaginás… Al otro día, va la policía al laburo de Javier y se lo llevan arrestado por abusar de la loca. Patricia hizo una denuncia por abuso sexual, y Javier terminó en cana! La muy turra lo busca, lo acuesta, y le hace una denuncia por abuso!

-Ah, está chiflada y peligrosa. –dije, ahora más despierto.

-La historia no termina ahí. Mi primo se comió un año y medio en la cárcel, acusado de violador. Sabés qué significa eso?

-Y, si es como dicen, pobre pibe, no lo habrá pasado muy bien que digamos, me imagino como estará tu tía.

-Mi tía no es nada, dejame terminar. La loca de mierda ésta, tenía todo planeado. Sabía que si lo perdonaba ante la justicia, del inexistente abuso sexual, y además se casaba con mi primo, él quedaba libre, salía de la cárcel.

-Y?

-Mi primo con tal de salir del infierno que era esa cárcel, aceptó casarse y salió en libertad. Bueno, en libertad hasta ahí nomás. La loca, nunca le perdonó que la haya dejado por Sandra. Tenía a mi primo con la amenaza de mandarlo de vuelta en cana, lo maltrataba, lo humillaba, lo tenía como esclavo. Te das cuenta de la locura de esta mina?  -me decía, sin entender él tampoco como puede haber gente así, y enredar a un pobre pibe en esas historias.

-Pobre pibe. –le dije, ya sin saber que decir.

-Bueno, esperá, lo peor es lo que pasó ayer. Mi primo llegó a la casa, donde ya se tenía que encargar de la limpieza, las compras, y de todo lo que se le antojaba a la loca. Al entrar, ve que está Patricia haciendo el amor enredadísima en la cama con un tipo. Imaginate, el pibe se paralizó. Esta mujer, lo obligó a que se quedara mirando, y no solo éso, mientras tanto, lo humillaba recordándole como gozaban los otros presos haciéndole el amor a él todo el tiempo que estuvo encerrado. Le restregaba por la cara todos los abusos, toda la vergüenza, todo el dolor que sufrió por culpa de la locura de ella. Le mostraba que nunca más iba a tener una vida más allá de este infierno. Le señalaba con palabras, lo guiaba con palabras, hacia donde estaba el cuchillo que él terminó clavando veinticinco veces en el cuerpo de esa loca. La mató, mató a su victimaria, pero igual él sigue siendo culpable. Te das cuenta?

Mientras salíamos del bar, en la tele reiteraban sin descanso y en todos los canales:

NOTICIA DE ÚLTIMO MOMENTO:

 -violó a una mujer, la mujer lo perdonó, se casó con ella, salió libre y le clavó 25 puñaladas.

 Y el gordo repetía por enésima vez:

 -che, pero que hijo de puta.

 

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Interiores

 

Hubiera bastado el roce de una pluma sobre su pecho,

para que su corazón astillado, frágil,

reseco no de sangre, sino de lágrimas,

se desmoronara infinitamente en el tiempo.

 

No lo astilló la envidia, ni la codicia,

lo astilló el tiempo, la indiferencia, el desamor.

Lo astillaron los sueños, y las realidades;

por tan maravillosos los unos,

por las otras tan fatales.

 

Lo astilló la ilusión, y el miedo de ya no ser.

Se revolcó en el dolor,

lloró, lloró, lloró.

 

Cuando se vació de lágrimas,

se ahuecó su pecho,

quedó un espacio libre, vacío, infinito,

se sentó en el borde de ese hueco,

miró en su interior,

y por fin,

entró

en él.

                                                     

 

 

 Ernesto Palner

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Heridas

                                                                      

                         Lloran hasta la madrugada 

en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

                                                                   Jaime Sabines –Los Amorosos-

 

 

Madrugadas agotadas,

llamadas al amor inquebrantable,

sudorosas caricias desde el ayer,

manos heridas que callan,

placeres que querían,

y siguen queriendo nacer.

 

Infestos y carnales dolores,

oscuridades llenas de soledad,

suspiros que quieren volver.

Heridas mortales para este hoy

que sueña siempre

y vuele a soñar,

con ayer.

                                               

 

                                      Ernesto Palner

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Buscamos

 

Algunos viven,

otros buscamos,

buscamos.

 

Nos sentimos tan idiotas,

pero tan idiotas,

pero buscamos,

y buscamos.

 

Nos damos cuenta que buscamos,

pero no sabemos qué buscamos,

solamente buscamos,

y buscamos.

 

La vida se nos va,

y nos damos cuenta,

pero buscamos.

 

Los amores se nos van,

pero buscamos,

sólo buscamos.

 

 

Ernesto Palner


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Continuidad de los tiempos

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Continuidad de los tiempos

de Cortázar a Arbolito y los otros

 

 “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”*

Aunque sabía que era una novela histórica, ó sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los sufrimientos y las pasiones de los personajes en lo más hondo de su cuerpo.

-Oiga Sargento, aliste a los hombres. Mañana al amanecer retomamos la marcha y los quiero a todos bien pertrechados, lanzamos la última embestida y eliminamos a todos esos indios de mierda.

-Si señor, aunque la tropa está un poco cansada señor… Pero a sus órdenes señor.

-Cansadas mis pelotas!!! Prepare a esos vagos y al que se amilane lo paso por mi facón, carajo!

Su mano izquierda, en estos pasajes del libro, se cerraba fuertemente, formando un puño que movía hacia arriba y abajo, rozando con los nudillos el terciopelo verde acariciado hasta hacía un momento.

A la madrugada siguiente, el ejército al mando del “guardián de las fronteras”, avanzó sobre la última toldería que quedaba a unas pocas leguas de Dolores, el primer pueblo patrio. Para economizar balas, que escaseaban en esos tiempos, el comandante mandó degollar a cuanto indio se encontrase, sean hombres, mujeres ó niños. Y así se hizo, a ningún milico se le ocurría contradecir al comandante, era mejor desertar y vivir desterrado y furtivo, antes que desafiar a terrible sanguinario. Degollar y economizar balas era la consigna.

Se dio cuenta, cuando ya le quemaba la piel de los nudillos al rozar tan insistentemente el terciopelo del sillón, que la novela lo estaba alterando demasiado. Decidió abandonarla un momento, y servirse un whisky con bastante hielo, para de paso refrescar su colorado puño. Al tomar el vaso con su mano derecha, notó una mancha roja en la manga de su robe de chambre beige que había traído de París hacía un mes. Pese a que esa mancha llamó su atención y lo puso de mal humor, decidió seguir con su novela.

-Le aseguro a mi pueblo, que todas estas muertes serán vengadas por mí y nuestros hombres –dijo el jefe ranquel-. Y tomo personalmente el compromiso de cumplir y hacer cumplir estas palabras –sentenció.

En todas las comunidades aborígenes, reinaba el miedo, la angustia, el terror por las noticias llegadas sobre esos avances sanguinarios del ejército, al mando del que se hacía llamar “el guardián de las fronteras”. La única esperanza dentro de las comunidades, era saber que el jefe ranquel que se comprometía a defenderlos, no se rendiría hasta cumplir su promesa.

Al comandante le llegó la felicitación del gobernador desde Buenos Aires. Lo premiaba por su defensa de la patria, con 500 leguas cuadradas en el lugar conquistado que él eligiese.

Habrá sido por el whisky, por un día tan largo, ó no sabía porque,  pero de repente sintió mucho cansancio. Le pidió a su mayordomo que le prepara una cena liviana así se retiraba a descansar temprano, y así lo hizo. Al quitarse la bata, notó que no era  solamente una mancha roja en su manga, si no varias y por distintos sitios, tendría que avisarle al mayordomo que tenga más cuidado con su ropa.

Por la mañana recorrió la finca, se sintió conforme con la elección del personal a su cargo, había faltado un buen tiempo estando de viaje, pero se mantenía todo en perfectas condiciones. Tendría que ir pensando en delegar algunas cosas más, y dedicarse más tiempo a darse sus gustos. Almorzó en el parque, debajo de los robles, como solían hacerlo con su mujer cuando ésta aún vivía. Pidió que le sirvan el café en el estudio, se sentó en su sillón verde, con vista al parque, y se entregó a la lectura de las últimas páginas de la novela que tanto lo apasionaba.

Envalentonado por sus últimas incursiones en territorio indígena, y sintiéndose apoyado por Buenos Aires, el comandante sanguinario decidió seguir hacia el oeste, donde figuraban en su mapa otros asentamientos indígenas rebeldes a la corona española.

-Preparen a los hombres y con sus sables bien afilados, mañana retomamos nuestra ardua y gloriosa labor de agrandar las fronteras de la patria –les decía convencido de su buena obra a sus oficiales. Y para incitarlos a cumplir bien su matanza, les prometía terrenos para construir sus casas, que disfrutarían con sus familias al lograr conquistar ese desierto.

Leía esas palabras y sentía que él era el único hombre en la tierra capaz de frenar semejante matanza de inocentes. No podía dejar de rozar sus puños en el terciopelo del sillón. Sentía bajo sus pies la tierra de esas pampas cubiertas de sangre, escuchaba los alaridos de las mujeres y los niños, lo sacudía el dolor de esos hombres embestidos brutalmente en nombre de la civilización. Olía la sangre, acariciaba el cabello de las ancianas degolladas por su único pecado de ser nativas de esa tierra con tantas riquezas, y tan deseadas por esos invasores asesinos.

En la desenfrenada embestida, la que fue llamada la Batalla de las Vizcacheras, el comandante observaba la lucha desde la retaguardia de sus hombres, maravillado con la facilidad con que reducían a carne muerta a esos indígenas, era real que sus soldados estaban muy bien entrenados.

Nunca se supo si fue realmente el jefe ranquel, si fue un cabo de los Blandengues, ó si fue otro personaje del que se habla, pero que nadie pudo identificar. En lo que si coinciden varios historiadores, es que el cuerpo del comandante, ya sin cabeza, siguió ladeado en el flanco izquierdo del caballo, enganchado por uno de sus pies al estribo, atravesando el campo de batalla y barriendo con todo su cuerpo, la tierra empapada de sangre.

De la cabeza del  “guardián de las fronteras”, no se sabe quién la levantó, ni tampoco si la misma mano que la llevó de trofeo por varios pueblos, fue la misma que lo decapitó de un solo golpe.

Por la mañana, el mayordomo le dejó preparado el desayuno junto al hogar, con los leños encendidos. Luego, se dirigió al estudio para recoger el vaso de whisky, que como era costumbre, dejaba su patrón en la mesita, al lado del sillón verde. Las ventanas del estudio se encontraban selladas desde hacía mucho tiempo, nadie podía salir ni entrar al parque por ahí. No entendía como llegaron esas huellas de barro color marrón rojizo al estudio, ni tampoco porque su patrón, cuando bajó a desayunar, tenía un gesto como de satisfacción, como de deber cumplido…


                                                                                                                               Ernesto Palner

*”Continuidad de los Parques” de Julio Cortázar

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Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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