Ernesto Palner

cuentos, poemas y pareceres

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Cosas que pasan

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Cosas que pasan

                                                   -Che ci crediate o no-

 

En el año 1976, luego de abandonar por diferentes motivos la facultad de ingeniería, entré a trabajar en una fábrica de frenos para automóviles, camiones, tractores, etc., llamada Bendix, en el departamento de control de calidad.

El primer día de trabajo, me presentaron a un compañero llamado Corizzo, alias el Chori, que sería el encargado de presentarme a los demás integrantes de nuestro dpto, alrededor de unas 40 personas.

En cuanto me saludó, se asombró por el parecido físico que tenía con su hermano menor, quien también trabajaba en la fábrica, en nuestro mismo dpto. Como Chori era una persona muy afecta a la diversión, un jodón para ser más preciso, se le ocurrió presentarme ante los compañeros como el hermano mellizo de su hermano menor.

Evidentemente el parecido sería muy real porque toda la gente de la fábrica me veía como el hermano nuevo de los Corizzo, y en más de una ocasión tuve que aclarar que era yo, y no el otro, que también por cierto era un tipo muy extrovertido y jodón, como su hermano real, y no como el que suscribe…

Con el tiempo, empezamos a juntarnos con mi nuevo “hermano” fuera del horario de trabajo, algunos viernes ó sábado a la noche, dado que compartíamos muchos gustos similares, y en todos lados nos presentábamos uno al otro como “mi hermano mellizo”.

Casualmente, en una ocasión, coincidimos en el mismo transporte a la salida del trabajo,  en el viaje de vuelta a nuestras casas, Íbamos sentados uno al lado del otro, y me comentó que se dirigía a la avenida Cabildo para buscar un regalo para su novia, que cumplía años al otro día. No fue poca mi sorpresa, yo había cambiado ese día de línea de colectivo justamente por ese mismo motivo, buscar un regalo para mi novia que cumplía años el día siguiente, y me dirigía al mismo centro comercial. No sólo éramos “casi” mellizos, teníamos una novia que cumplía años exactamente el mismo día que la otra.

No recuerdo como fue el siguiente detalle que nos paralizó, estábamos buscando regalos para nuestras queridas cumpleañeras, creo que eligiendo una cadenita para el cuello, con un dije de plata con la inicial del nombre de la agasajada, ó algo similar, pero en algún momento, uno de los dos nombró a su pareja, automáticamente los dos nos quedamos asombrados, incrédulos, temerosos… teníamos también, por increíble que parezca, además de nuestro llamativo parecido físico, novias que habían nacido el mismo día, y que compartían el mismo nombre…

Por si cabe la aclaración, y por suerte para nosotros, no compartían otra cosa más que lo dicho…

Salute!

POSDATA

El 26 de Octubre de 1976, mi hermano postizo, quien nunca jamás había militado en ningún partido político, como en ninguna actividad estudiantil ni gremial, al salir de la fábrica fue llevado en un auto civil, sin patente, por tres personas trajeadas, nunca se supo más nada de él.

Desde el 10 de Noviembre de 1976 vivo en esta ciudad, las noches son muy frías, e infinitamente largas.

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El Sueño de los Rescatadores

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 El Sueño de los Rescatadores  

                                           -Ellos-

 

Recordó nítidamente, que en esa gran habitación del sanatorio en la que había entre diez y doce personas, reinaba ese júbilo tan particular que se produce después de una internación prolongada, y ya sabiendo que el mal momento ha pasado, se imponen los preparativos del tan ansiado regreso a casa.

Entre hermosos arreglos florales, saludos, felicitaciones, y algún “yo ya sabía que te ibas a poner bien… “, se asoman por la puerta ellos. Serían, le pareció ver, tres hombres y dos mujeres, que rondarían todos entre los veinte y veinticinco años de edad. Con mucho sigilo, tratando de pasar inadvertido, uno de ellos se desplazó hacia adentro de la habitación, saludando muy naturalmente a quien se le cruzaba por delante. Con total soltura tomó unos libros que estaban sobre una mesa, y muy suavemente, con movimientos casi felinos, se fue retirando hacia el pasillo donde lo esperaban sus compañeros, para escabullirse todos juntos entre la gente que deambulaba por el sanatorio.

Él había estado observando todo ese desplazamiento, que no habrá durado, desde que se asomaron, más de treinta segundos. Cuando por fin pudo entender lo sucedido (siempre su cerebro responde un ratito después de lo que le gustaría en estos casos…), también se dio cuenta que uno de los libros que se habían llevado ellos, era suyo. Ninguna de las visitas notó, ó tomó en cuenta todos esos movimientos, quizás pensando que la persona que entró y tomó esos libros con tanta naturalidad, era un conocido del internado.

Salió al pasillo y emprendió la búsqueda de estos personajes. No habrá recorrido más de tres pasillos cuando dio con ellos. Se sorprendió al verlos en una situación muy similar a la vivida momentos antes. Otra vez estaban en la puerta de una habitación, y pudo ver como uno de ellos salía de allí con varios libros entre sus manos. El primer impulso de reclamar su libro y denunciar sus hábitos, fue demorado por vaya a saber qué motivo (y esta vez le agradeció a su cerebro el ratito que se tomó…).

Los estuvo siguiendo por el sanatorio y repitieron la misma escena varias veces más, todo esto para luego acomodarse en una sala de espera, mezclados con los pacientes, y entregarse a la lectura en una forma desaforada, ansiosa, desmedida; como si en esos libros estuviera escrito el modo de conocer los caminos para llegar al tan ansiado dharma, ó tal vez encontrar algún secreto que los lleve a ser poseedores de la más absoluta de las verdades; no levantaban la vista en ningún momento, se zambullían en los libros, sonreían, lloraban, gesticulaban, estaban sumergidos en esos textos, en esas historias, viviéndolas como propias.

Empezó a observarlos con más detenimiento siguiéndolos durante varios días, y de a poco, fue descubriendo su accionar. Hambrientos de lectura, recurrían a una técnica que parecían tener muy aceitada.  No hacían otra cosa que rescatar algún libro de los lugares donde nosotros los simples mortales nos entregamos a las letras. Luego, para leerlos, sorteaban los turnos respetándolos religiosamente, saciando su apetito por un rato nomás. Una vez que todos habían leído el material rescatado, lo devolvían a su lugar, y comenzaban otro periplo en una secuencia de estas acciones, interminable.

Este grupo de seres tan silenciosos, tan suaves en sus movimientos, y de necesidades vitales tan extrañas, le estaban inspirando simpatía y hasta un cierto afecto.

Lástima que en algún momento, cree que fue mientras los observaba amontonados en el subte oteando por sobre el hombro de un pasajero el libro que leía, no pudo más de cansancio y dormitó unos instantes. Al abrir los ojos, estaban caminando por el andén, y el subte retomando su marcha lo llevaba inexorablemente a perderles el rastro.

Preguntó primero en varias bibliotecas, pero le informaron que los conocían y hacía mucho tiempo que les habían prohibido la entrada, dado que si los dejaban pasar, luego, a la hora de cerrar las puertas, no había manera de hacerles abandonar la sala y armaban unos escándalos insoportables.

Todavía hoy los sigue buscando. Mira en las salas de espera, en los salones de estar de los hoteles, en las peluquerías, en los coche-cama de los trenes, pero triste y angustiosamente no los puede encontrar.

De todas formas, todo esto fue sólo un sueño. De esos sueños que no querría despertar, que desearía continuar y volver a soñar, esos que dejan una sensación de esperanza, y una sonrisa que querría perpetuar.

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Ernesto Palner

 

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Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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Ansias

Y por momentos,

parece que sus ojos

buscaran un remanso

y caricias en los míos,

 

en los míos,

tan ansiosos de cobijarla.

 

Entonces,

¿son sus ojos lo que veo?

¿ó son las ansias de los míos?

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Ernesto Palner

 

 

 

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Salute!

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De querer y hacer

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De tanto hacer

lo que tenía que hacer,

se olvidó

que quería hacer.

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De ecología y rarezas

20.09.2011 – Ghana/Accra – Ein Junge wirft einen Fernseher mehrere Male auf den Boden, um an das Metal zu kommen. Im Hintergrund werden Reifen verbrannt. 100.000 Tonnen Elektroschrott werden jedes Jahr aus Deutschland in Drittweltländer verschoben. Ein Großteil landet in Ghana, wo Kinder den Müll nach Wertstoffen durchsuchen. Sodom und Gomorrha wird das Slum und der Elektroschrott-Platz in Accra, Ghanas Haupt- und Hafenstadt, genannt. Dort nehmen größtenteils Kinder die toxischen Elektrogeräte ohne jeglichen Sicherheitsschutz-maßnahmen auseinander. Schäden  für Gesundheit und Umwelt sind die Folge.

A los niños les molestan los cambios, prefieren seguir viendo miles de veces esa película que tanto les gustó, antes que arriesgarse a perder tiempo mirando una nueva. Les molestan las mudanzas, los cambios de escuela, de cama, de taza, de etc. de etc. de etc.

Los ebrios y los niños siempre dicen la verdad, reza la creencia popular, con cierta razón vista en muchas ocasiones.

Siempre tuve la costumbre de no echar a la basura las cosas que quizás me fueran útiles en un futuro, ó que consideraba que no estaban para tirar a la basura, si no que podrían seguir dando el uso para el cual fueron creadas, quizás no por mi, pero tal vez por otra persona. ¿Porqué pasar a scrap, ó destrucción total, algo que sigue estando en condiciones de uso? Claro que de ese concepto, ó estilo de vida, a convertirse en el Diógenes de la historia, hay un paso. Hablo del Diógenes que por no deshacerse de cosas, un buen día su casa estaba tan llena de muebles y objetos que tuvo que buscarse otra morada, a la cual también llenó de muebles y de objetos, y así sucesivamente…

Algunos de mis conocidos se asombran que siempre tengo el tornillo de la medida necesaria para esa tuerca, ó la ruedita que se le rompió de esa mesita rodante, ó una madera que es de la medida que precisa para esa ventana. En ciertas ocasiones se me ha catalogado de “raro” por estas cuestiones de no desechar nada servible, y me hicieron reconsiderar que tan rara era mi costumbre.

A medida que mis cabellos se empeñan en abandonar mi cuero cabelludo y no regresar, y a medida que veo como se habla de “cambios climáticos”, de “ecología”, de “consumo inteligente”, etc. etc. y etc., Como también veo a gente queriendo conseguir desesperadamente el último modelo de GoPro, Drone, IPhone, Ipad, Iquebueno, y Ikegiles!!!

¿Cómo puede una misma persona decirse preocupada por la ecología, por las ballenas del norte de Pakistán, los pingüinos de Bolivia, ó los unicornios de Atlántida, y a la vez consumir estúpidamente, banalmente, sin saber por qué, ó para qué, cuanta estupidez le venden???

¿Qué será lo raro? ¿No preocuparse por el pibe que está en la esquina limpiando vidrios de autos ó pidiendo monedas, pero sí preocuparse por las ballenas? Que está bien cuidar las ballenas, pero hay prioridades.  ¿Preocuparse por los pingüinos pero no por la cantidad de baterías y componentes electrónicos que no se sabe donde tirar, y suman contaminación en forma exponencial? ¿Apoyar a Greenpeace que es una organización tan turbia como la peor de las mafias, pero vestiditos de verde y con caritas de buenos?

Domingo a la tarde, me confieso: lo mío no es raro.

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Olas

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Las olas lamen la playa,

y regresan con el mar.

 

Mi lengua probó tu piel,

sólo piensa en regresar.

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Al Vesrre

Hay ojos que parecerían tener subtítulos,

la boca se mueve articulando palabras,

y los ojos están a los gritos diciendo otra cosa.

Por ejemplo, hoy me dijiste:

-¿Cómo estás, todo bien?-

y tus ojos me decían:

-Quiero saber todo de vos

¿qué pensás?

¿cómo dormís?

te extraño

¿pensás en mí?-

Qué locos tus ojos,

parecían estar leyendo mis sueños,

por suerte no pude leer las letritas,

si no agarraba,

y te abrazaba,

y te besaba,

y te amaba,

como nunca nadie,

pero seguro nunca nadie,

lo hizo,

ni lo hará jamás.

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Ernesto Palner

 

Continuidad de los tiempos

Continuidad de los tiempos

de Cortázar a Arbolito y los otros

 

 “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”*

Aunque sabía que era una novela histórica, ó sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los sufrimientos y las pasiones de los personajes en lo más hondo de su cuerpo.

-Oiga Sargento, aliste a los hombres. Mañana al amanecer retomamos la marcha y los quiero a todos bien pertrechados, lanzamos la última embestida y eliminamos a todos esos indios de mierda.

-Si señor, aunque la tropa está un poco cansada señor… Pero a sus órdenes señor.

-Cansadas mis pelotas!!! Prepare a esos vagos y al que se amilane lo paso por mi facón, carajo!

Su mano izquierda, en estos pasajes del libro, se cerraba fuertemente, formando un puño que movía hacia arriba y abajo, rozando con los nudillos el terciopelo verde acariciado hasta hacía un momento.

A la madrugada siguiente, el ejército al mando del “guardián de las fronteras”, avanzó sobre la última toldería que quedaba a unas pocas leguas de Dolores, el primer pueblo patrio. Para economizar balas, que escaseaban en esos tiempos, el comandante mandó degollar a cuanto indio se encontrase, sean hombres, mujeres ó niños. Y así se hizo, a ningún milico se le ocurría contradecir al comandante, era mejor desertar y vivir desterrado y furtivo, antes que desafiar a terrible sanguinario. Degollar y economizar balas era la consigna.

Se dio cuenta, cuando ya le quemaba la piel de los nudillos al rozar tan insistentemente el terciopelo del sillón, que la novela lo estaba alterando demasiado. Decidió abandonarla un momento, y servirse un whisky con bastante hielo, para de paso refrescar su colorado puño. Al tomar el vaso con su mano derecha, notó una mancha roja en la manga de su robe de chambre beige que había traído de París hacía un mes. Pese a que esa mancha llamó su atención y lo puso de mal humor, decidió seguir con su novela.

-Le aseguro a mi pueblo, que todas estas muertes serán vengadas por mí y nuestros hombres –dijo el jefe ranquel-. Y tomo personalmente el compromiso de cumplir y hacer cumplir estas palabras –sentenció en su lengua mezcla de araucano, mapuche y ranquel.

En todas las comunidades aborígenes, reinaba el miedo, la angustia, el terror por las noticias llegadas sobre esos avances sanguinarios del ejército, al mando del que se hacía llamar “el guardián de las fronteras”. La única esperanza dentro de las comunidades, era saber que el jefe ranquel que se comprometía a defenderlos, no se rendiría hasta cumplir su promesa.

Al comandante le llegó la felicitación del gobernador desde Buenos Aires. Lo premiaba por su defensa de la patria, con 500 leguas cuadradas en el lugar conquistado que él eligiese.

Habrá sido por el whisky, por un día tan largo, ó no sabía porque,  pero de repente sintió mucho cansancio. Le pidió a su mayordomo que le prepara una cena liviana así se retiraba a descansar temprano, y así lo hizo. Al quitarse la bata, notó que no era  solamente una mancha roja en su manga, si no varias y por distintos sitios, tendría que avisarle al mayordomo que tenga más cuidado con su ropa.

Por la mañana recorrió la finca, se sintió conforme con la elección del personal a su cargo, había faltado un buen tiempo estando de viaje, pero se mantenía todo en perfectas condiciones. Tendría que ir pensando en delegar algunas cosas más, y dedicarse más tiempo a darse sus gustos. Almorzó en el parque, debajo de los robles, como solían hacerlo con su mujer cuando ésta aún vivía. Pidió que le sirvan el café en el estudio, se sentó en su sillón verde, con vista al parque, y se entregó a la lectura de las últimas páginas de la novela que tanto lo apasionaba.

Envalentonado por sus últimas incursiones en territorio indígena, y sintiéndose apoyado por Buenos Aires, el comandante sanguinario decidió seguir hacia el oeste, donde figuraban en su mapa otros asentamientos indígenas rebeldes a la corona española.

-Preparen a los hombres y con sus sables bien afilados, mañana retomamos nuestra ardua y gloriosa labor de agrandar las fronteras de la patria –les decía convencido de su buena obra a sus oficiales. Y para incitarlos a cumplir bien su matanza, les prometía terrenos para construir sus casas, que disfrutarían con sus familias al lograr conquistar ese desierto.

Leía esas palabras y sentía que él era el único hombre en la tierra capaz de frenar semejante matanza de inocentes. No podía dejar de rozar sus puños en el terciopelo del sillón. Sentía bajo sus pies la tierra de esas pampas cubiertas de sangre, escuchaba los alaridos de las mujeres y los niños, lo sacudía el dolor de esos hombres embestidos brutalmente en nombre de la civilización. Olía la sangre, acariciaba el cabello de las ancianas degolladas por su único pecado de ser nativas de esa tierra con tantas riquezas, y tan deseadas por esos invasores asesinos.

En la desenfrenada embestida, la que fue llamada la Batalla de las Vizcacheras, el comandante observaba la lucha desde la retaguardia de sus hombres, maravillado con la facilidad con que reducían a carne muerta a esos indígenas, era real que sus soldados estaban muy bien entrenados.

Nunca se supo si fue realmente el jefe ranquel, si fue un cabo de los Blandengues, ó si fue otro personaje del que se habla, pero que nadie pudo identificar. En lo que si coinciden varios historiadores, es que el cuerpo del comandante, ya sin cabeza, siguió ladeado en el flanco izquierdo del caballo, enganchado por uno de sus pies al estribo, atravesando el campo de batalla y barriendo con todo su cuerpo, la tierra empapada de sangre.

De la cabeza del  “guardián de las fronteras”, no se sabe quién la levantó, ni tampoco si la misma mano que la llevó de trofeo por varios pueblos, fue la misma que lo decapitó de un solo golpe.

Por la mañana, el mayordomo le dejó preparado el desayuno junto al hogar, con los leños encendidos. Luego, se dirigió al estudio para recoger el vaso de whisky, que como era costumbre, dejaba su patrón en la mesita, al lado del sillón verde. Las ventanas del estudio se encontraban selladas desde hacía mucho tiempo, nadie podía salir ni entrar al parque por ahí. No entendía como llegaron esas huellas de barro color marrón rojizo al estudio, ni tampoco porque su patrón, cuando bajó a desayunar, tenía un gesto como de satisfacción, como de deber cumplido…


Ernesto Palner

*”Continuidad de los Parques” de Julio Cortázar

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Salute!

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Ernesto Palner

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Continuidad de los tiempos

de Cortázar a Arbolito y los otros

 

 “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”*

Aunque sabía que era una novela histórica, ó sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los…

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La casa y nosotros

 

 

“Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse” *      

  

No recuerdo si fue Irene ó fui yo, pero surgió la idea de alquilar las habitaciones que no usábamos. En principio, para que el cambio de estar con más gente en nuestra casa no fuera muy intempestivo, nos pareció atinado desempolvar unos maniquíes que había en el sótano, que habían pertenecido a la tienda del abuelo, darles un rol específico dentro de la casa, e interactuar con ellos de tal forma que vayamos sintiendo lo que es ver caras y procederes nuevos entre nosotros.

El primero fue Esteban, un joven estudiante de medicina procedente de Jujuy. Como le resultaba fascinante su carrera, estaba muy en lo suyo y no molestaba para nada; se levantaba a la mañana temprano, se duchaba, desayunaba, salía, y no volvía a la casa hasta entrada la noche. Para no apegarnos a él, y como no queríamos que nos tome de confidentes de sus cosas, no le preguntábamos mucho de su vida. Era limpito, prolijo, no traía amigos ni amigas a la casa, era un buen candidato. Dado que el padre lo precisaba de ayudante en su trabajo, no colaboraba mucho en que Esteban estudie, todos los meses se retrasaba en transferirle el dinero para el alquiler de la habitación y para sus gastos. El muchacho terminó desertando al estudio y se volvió a su tierra.

Después quisimos probar con una mujer de unos 35 años, procedente de Chubut, quien había viajado a Buenos Aires porque estaba su padre internado en una clínica, y con no muchas esperanzas de salir sobre sus pies de esa internación. Con Clarisa, que así la llamamos, al poco tiempo de estar en casa, no quisimos seguir probando, dado que nos ponía muy tristes recordando la internación de nuestro abuelo paterno, por lo que decidimos descartarla elegantemente de la candidatura a posible inquilina.

Con una gabardina de nuestro padre, que Irene mantenía en perfecto estado y a salvo de las polillas, una pipa del abuelo Félix, los anteojos de abuelita, y una lupa que había dejado olvidada Robertito, nuestro primo de Mendoza que nos había visitado en unas vacaciones de invierno, nos fabricamos un nuevo huésped que era investigador privado, y a quien llamamos Dupin. No podíamos decir absolutamente nada malo sobre la convivencia con Dupin, era una persona reservada, muy culta, más bien silenciosa, con algunos signos de timidez, no se lo escuchaba cuando estaba, ni cuando salía ó cuando entraba. Evidentemente, lo suyo era el sigilo. Nos gustaba convivir con él, no podríamos decir que no, nos contaba historias fascinantes sobre investigaciones que había realizado en París, en Berlín, y hasta en la misma Pekín había resuelto el asesinato de un monje tibetano ó budista, no recuerdo bien. Una tarde, y como hacía varios días que no lo veíamos, Irene golpeó la puerta de su habitación varias veces por si estaba mal, ó precisaba algo. Sin avisarnos, se había ido, ya no estaba en la casa, como tampoco sus cosas. Una pena, nos habíamos encariñado bastante con Dupin y sus historias, nunca más tuvimos noticias sobre él, ni de su paradero.

Seguimos probando posibles huéspedes, entre ellos una enfermera, que nos venía muy bien en caso que necesitáramos una inyección ó una curación de urgencia, pero temíamos que trajera a la casa gérmenes ó bacterias de sus pacientes, por lo que la descartamos; una estudiante cordobesa de arquitectura, muy bonita chica, muy educadita, pero nos llenó la casa de maquetas gigantes invadiendo insoportablemente nuestros espacios, como también de cabellos el desagote de la bañera, situación ésta muy insolente según Irene; también estuvo unos días un cocinero taiwanés ó tailandés, nunca pudimos entenderle bien sus palabras, quien nos llenaba la casa con un aroma a pescado que los gatos del barrio se organizaban en la puerta para ver como conquistaban la tan bien oliente propiedad; creo que uno de los últimos intentos de alquilar alguna habitación, lo hicimos con un fraudulento heredero chileno que nos tuvo engañados un buen tiempo con su embuste, y se fue sin pagarnos la renta.

Por fin, y después de muchas elucubraciones, nos convencimos; teníamos que mantener los recuerdos de nuestros bisabuelos, abuelos, y demás familiares, si queríamos seguir sanos y unidos como hasta ahora, viviendo en nuestro inocente pasado.

No era una locura permanecer sólo nosotros dos en esa casa, la locura estaba afuera, en las calles, en la gente de afuera, en ese presente enfermizo e imperfecto que no era el nuestro.

Sellamos las ventanas y las puertas, dejamos los maniquíes descansando en el sótano, de donde nunca tendríamos que haberlos movido, y retomamos nuestra tranquila vida, en nuestro hermoso hogar.

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* Casa Tomada –Julio Cortázar-

Ernesto Palner

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Salute!

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