Ernesto Palner

cuentos, poemas y pareceres

Categoría: Letras

El Sueño de los Rescatadores

tunel libros.jpg

 

 El Sueño de los Rescatadores  

                                           -Ellos-

 

Recordó nítidamente, que en esa gran habitación del sanatorio en la que había entre diez y doce personas, reinaba ese júbilo tan particular que se produce después de una internación prolongada, y ya sabiendo que el mal momento ha pasado, se imponen los preparativos del tan ansiado regreso a casa.

Entre hermosos arreglos florales, saludos, felicitaciones, y algún “yo ya sabía que te ibas a poner bien… “, se asoman por la puerta ellos. Serían, le pareció ver, tres hombres y dos mujeres, que rondarían todos entre los veinte y veinticinco años de edad. Con mucho sigilo, tratando de pasar inadvertido, uno de ellos se desplazó hacia adentro de la habitación, saludando muy naturalmente a quien se le cruzaba por delante. Con total soltura tomó unos libros que estaban sobre una mesa, y muy suavemente, con movimientos casi felinos, se fue retirando hacia el pasillo donde lo esperaban sus compañeros, para escabullirse todos juntos entre la gente que deambulaba por el sanatorio.

Él había estado observando todo ese desplazamiento, que no habrá durado, desde que se asomaron, más de treinta segundos. Cuando por fin pudo entender lo sucedido (siempre su cerebro responde un ratito después de lo que le gustaría en estos casos…), también se dio cuenta que uno de los libros que se habían llevado ellos, era suyo. Ninguna de las visitas notó, ó tomó en cuenta todos esos movimientos, quizás pensando que la persona que entró y tomó esos libros con tanta naturalidad, era un conocido del internado.

Salió al pasillo y emprendió la búsqueda de estos personajes. No habrá recorrido más de tres pasillos cuando dio con ellos. Se sorprendió al verlos en una situación muy similar a la vivida momentos antes. Otra vez estaban en la puerta de una habitación, y pudo ver como uno de ellos salía de allí con varios libros entre sus manos. El primer impulso de reclamar su libro y denunciar sus hábitos, fue demorado por vaya a saber qué motivo (y esta vez le agradeció a su cerebro el ratito que se tomó…).

Los estuvo siguiendo por el sanatorio y repitieron la misma escena varias veces más, todo esto para luego acomodarse en una sala de espera, mezclados con los pacientes, y entregarse a la lectura en una forma desaforada, ansiosa, desmedida; como si en esos libros estuviera escrito el modo de conocer los caminos para llegar al tan ansiado dharma, ó tal vez encontrar algún secreto que los lleve a ser poseedores de la más absoluta de las verdades; no levantaban la vista en ningún momento, se zambullían en los libros, sonreían, lloraban, gesticulaban, estaban sumergidos en esos textos, en esas historias, viviéndolas como propias.

Empezó a observarlos con más detenimiento siguiéndolos durante varios días, y de a poco, fue descubriendo su accionar. Hambrientos de lectura, recurrían a una técnica que parecían tener muy aceitada.  No hacían otra cosa que rescatar algún libro de los lugares donde nosotros los simples mortales nos entregamos a las letras. Luego, para leerlos, sorteaban los turnos respetándolos religiosamente, saciando su apetito por un rato nomás. Una vez que todos habían leído el material rescatado, lo devolvían a su lugar, y comenzaban otro periplo en una secuencia de estas acciones, interminable.

Este grupo de seres tan silenciosos, tan suaves en sus movimientos, y de necesidades vitales tan extrañas, le estaban inspirando simpatía y hasta un cierto afecto.

Lástima que en algún momento, cree que fue mientras los observaba amontonados en el subte oteando por sobre el hombro de un pasajero el libro que leía, no pudo más de cansancio y dormitó unos instantes. Al abrir los ojos, estaban caminando por el andén, y el subte retomando su marcha lo llevaba inexorablemente a perderles el rastro.

Preguntó primero en varias bibliotecas, pero le informaron que los conocían y hacía mucho tiempo que les habían prohibido la entrada, dado que si los dejaban pasar, luego, a la hora de cerrar las puertas, no había manera de hacerles abandonar la sala y armaban unos escándalos insoportables.

Todavía hoy los sigue buscando. Mira en las salas de espera, en los salones de estar de los hoteles, en las peluquerías, en los coche-cama de los trenes, pero triste y angustiosamente no los puede encontrar.

De todas formas, todo esto fue sólo un sueño. De esos sueños que no querría despertar, que desearía continuar y volver a soñar, esos que dejan una sensación de esperanza, y una sonrisa que querría perpetuar.

—————————————————————————————————————————————-

Ernesto Palner

 

————————————————————————————————————————

Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

————————————————-

 

 

 

 

Anuncios

Ansias

Y por momentos,

parece que sus ojos

buscaran un remanso

y caricias en los míos,

 

en los míos,

tan ansiosos de cobijarla.

 

Entonces,

¿son sus ojos lo que veo?

¿ó son las ansias de los míos?

———————————————————————————————-

Ernesto Palner

 

 

 

————————————————————————————————————————

Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

————————————————-

 

Caravelle

El reclamo de Ivette, era básicamente el mismo desde hacía mucho tiempo, y él consideraba que con mucha razón por cierto. A ella le resultaba muy difícil convivir con una persona deprimida y sin ganas de vivir, con un constante desgano por todo; la entendía perfectamente, y por ese motivo se había propuesto terminar la relación, pero terminarla de una forma que ella no sienta ninguna culpa por la separación, que la responsabilidad cayera enteramente sobre él, que en definitiva era el que tenía tantos conflictos existenciales sin resolver, ó sin ganas de resolverlos.

Preparó su vehículo, le dijo a Ivette que iba a pasar un par de días en la casa de unos amigos cerca de Perpignan, lugar donde él había vivido de joven, y donde vivía aún una compañera de facultad de la cual Ivette pensaba que él seguía enamorado. El par de días se transformaron en meses, con cartas cada vez más lejanas y más indiferentes. Ivette, después de esperarlo más de un año, y tratando de recuperarlo, le advirtió que si no regresaba a París para estar con ella, se volvería a Vierzon. La idea de no volver a ver a Ivette le hizo temblar todo el cuerpo, pero tenía que ponerla a salvo de él y su depresión incurable, sería mucho mejor para ella.

Dejó pasar los días tratando de no estar sólo, visitando viejos amigos y recorriendo los alrededores. Imprevistamente, se imaginó con Ivette retomando su viejo trabajo de titiriteros, se preguntaba por qué no empezar de nuevo, por qué no intentar recuperar su vida y su compañera de tantas vivencias. En muy pocos días tenía escritos varios libretos con nuevos cuentos para las funciones de títeres, la vida empezaba a interesarle y a tomar color nuevamente, sentía que tenía que retener a Ivette, sin su amor, definitivamente se acababa su interés por la vida.

Decidido, preparó sus cosas y su viejo Caravelle, tenía que llegar a París lo más pronto posible para compartir con Ivette sus ideas y nuevos proyectos que seguramente cambiarían sus vidas retornando los días tan felices que habían vivido. Recorrió muchos kilómetros, con la grave incertidumbre de saber si llegaría a tiempo para retenerla, sabía que los domingos la entrada a París por la autopista del sur era muy concurrida, pero tenía que intentarlo de cualquier manera.

Imprevistamente, apenas salidos de Fontainbleau, se detuvo el tránsito en todos los carriles, recorrían algunos metros al paso y volvían a detenerse, otro tanto al paso, y nuevas detenciones, cada vez más prolongadas. Pasaban las horas y no avanzaba, no podía ser real, no podía estar pasándole esto, tenía que llegar a París cuanto antes.

Miraba a su izquierda buscando cómplices que entendieran su desesperación, pero encontraba una pareja en un Peugeot 203 con su felicidad avícola y su niñita; miraba a su derecha y había un Volkswagen que conducía un soldado, seguramente recién casado, muy feliz con su nueva esposa; si miraba al frente, había un Peugeot 404 con un ingeniero joven y muy sociable, tratando de conquistar a la muchacha que conducía el Dauphine de su izquierda. Más adelante todavía, adelante del 404 del ingeniero, unos muchachos en un Simca, escuchaban una música estridente a todo volumen y reían a carcajadas continuamente, como si estuvieran en una fiesta. Las únicas recatadas, y que realmente ponían interés en que el tráfico avance manteniéndose en su Citroen 2HP, eran dos monjas que estaban adelante del VW del soldado. Si se mantuvieran todos en sus autos, y con la firme voluntad de avanzar, en vez de estar hablando, comiendo, y riendo, tal vez lograrían continuar sus caminos.

Parecía que todos los que lo rodeaban, a pesar de estar estancados en esa autopista, no comprendían que su vida dependía de llegar a París a tiempo para no perder a Ivette; todos exhalaban vida y felicidad pese al contratiempo, eso lo deprimía cada vez más, no quería hablar con nadie, ni sonreírle a nadie; no quería comer ni beber compartiendo lo que tenían, como hacían todos; solamente quería llegar a Ivette, por esta vez y en mucho tiempo, quería una oportunidad de vivir, de sentir ganas de vivir.

Pasaban los días, las noches, y él seguía firme en el volante de su Caravelle, con la vista fija hacia adelante. Poco a poco, la ilusión de encontrar a Ivette todavía en París, se fue diluyendo. También la idea de empezar nuevamente con su oficio de titiritero, se fue esfumando. Los años, le caían a baldazos sobre su cuerpo a cada minuto que pasaba anclado en esa autopista, su cabeza empezaba a pesarle cada vez más, los brazos y las manos fijos al volante, pero con un peso infernal é insostenible sobre todo el cuerpo.

Cuando el ingeniero del 404, que era quien más recorría los autos vecinos, se acercó al Caravelle, notó que ese hombre callado, serio, y que no había compartido más que algunas palabras con los demás, estaba apoyado sobre el parabrisas mucho más pálido é inmóvil que lo habitual. Junto con el soldado del VW, llamaron a un médico que estaba unos autos más adelante. El hombre del Caravelle, tan pálido y serio, se había envenenado.

Los amigos de Perpignan, devolvieron una carta dirigida a él, enviada por Ivette, y que había llegado un tiempo después que el hombre del Caravelle volviera a París. Ivette la recibió, desilusionada por no tener respuesta de la persona que amó toda la vida, y a quién siguió esperando por siempre.

Consecuencias de la “La Autopista del Sur”, de Julio Cortázar

Ernesto Palner

————————————————————————————————————————————

Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

————————————————-

De querer y hacer

Imagen1.png

De tanto hacer

lo que tenía que hacer,

se olvidó

que quería hacer.

——————

 

Xabier -ó de tetas, cuernos y destetes-

130712_sa8w8_rci-taureau-pampelune-fete_sn635

Xabier

                                                           -ó de tetas, cuernos y destetes-

 

-¡Ostia, joder, quédate quieta ya! ¡Que no eres un perro, joder! ¡Tanto nervio por los petardos, niña! ¡Que yo quiero terminar ya, antes que tú, ostia! Pues mira, ahí va, muy bien, así, así, así, ahí vamos, tú te quedas así, así, quietecita, yo puedo acariciar tus tetas suavemente, los dos hacemos lo nuestro, y ya, a otra cosa. Que esta noche con suerte acaricio unas tetas de verdad, ostia. Que ya ni me acuerdo como era eso. ¡Venga, va, que ya nos vamos entendiendo, ahí va… joder!

Xabier, siempre ha trabajado en el tambo junto a su padre y a Patxi, su primo. Las vacas precisan atención todos los días del año; no existen sábados, domingos, ni feriados; no saben de citas, ni de encierros, ni de corridas, ni nada. Y ese día, Xabier tenía programado hacer exactamente todo eso. Lo de las corridas y encierros lo hizo ya desde pequeño, con los becerros, pero lo de las citas no era precisamente su fuerte. Salvo Martitza, quien a los catorce años fuera su primer, único, y gran amor, nadie sabía de la suavidad de esas manos en las partes más íntimas del cuerpo de una mujer. Desde que terminó la escuela, solamente se dedicaba al trabajo en el tambo, y en sus ratos libres, a prepararse para las corridas y encierros, que le daban esa sensación de riesgo, de vértigo, de ganarle a la muerte, de sentir que podía derrotarla para siempre y por siempre, como le hubiese gustado haberlo hecho con José, el andaluz ése que conquistó a Martitza, al que no tuvo la valentía de enfrentar, ó no se dio cuenta en el momento, que esa pérdida lo dejaría tan roto por dentro, tan triste, como se seguía sintiendo aún hoy, pese al tiempo que había pasado.

Por su físico exuberante, sus formas un poco toscas, y con unas manos que de tanto extraer hasta la última gota blanca que saliera de las ubres parecían estallar de grandeza, nadie pensaba que Xabier estaría con un dolor tan grande en su interior. Siempre sonriente, saludador a dos manos con quien se cruzara en el pueblo, poseía todo el semblante de una persona que tenía “la vaca atada”, como gustaba decir su padre de aquellos que tenían montones de billetes, ó se sentían bien con la vida. Iba siempre vestido de blanco, con su boina roja calada hacia la izquierda, orgullo de corredor en los sanfermines, y contaba con varias corridas de antología para los sabedores de esas lides. Para todos los expertos, salvo para su padre, que siempre recordaba más anécdotas ó gestos de valentía de otros corredores, como de Patxi, ó del Zurdo Etchegaray, que historias de su propio hijo, al que tenía por bastante flojo, y un tanto acobardado, según comentara en más de una ocasión en la bodega donde almorzaba a diario.

-¡Que sí apá, que sí! ¡Terminé recién con la Blanquita, que era la última, y la próxima vez que se ponga tan pero tan lenta, tendré que ablandarla a ostias! ¡Si esa vaca quiere guardarse la leche en sus tetas, que reviente, joder! ¡Todos los santos días lo mismo, ostia!

Terminada la rutina del tambo, Xabier juntó sus cosas, respiró hondo, tenía que ir a prepararse para la corrida, y para su cita. Saludó a todos, y cuando se estaba marchando escuchó a su primo Patxi:

-¡Eh Xabier, que quiero verte enfrentar los cuernos hoy, eh! ¡Venga, agur, buena corrida primo, agur!- se despedía.

Seguramente, Patxi hablaba sólo de lo que hablaba, de los cuernos de los toros, pero Xabier sentía como una molestia con esas frases, lo de “enfrentar los cuernos” no podía asimilarlo sólo como una cuestión de tauromaquia, le volvían a la mente el andaluz y Martitza.

Llegó a su casa, alistó lo necesario, revisó por última vez el ordenador, no sabía si quería tener la confirmación de la ansiada cita, posterior a la corrida, ó si prefería que esa mujer se hubiera echado atrás. Que no era miedo lo que sentía, no, pero estaba como molesto, nervioso. Hacía varios años que mantenían un intercambio de mensajes, se habían cruzado algunos “me gusta” de Facebook de un sitio* que visitaban ambos, y de repente un día, no recordaba como, empezaron una relación vía internet.

Todavía no se conocían personalmente, al parecer ella tenía una madre bastante absorbente, y con alguna enfermedad que requería su atención constante. Ahora, que la madre había fallecido hacía un tiempo, esta mujer tomaba un poquito las riendas de su propia vida, y le había propuesto a Xabier una cita. Mejor dicho, como ya venía conociendo a este hombre que lo sentía tan tierno, tan buena persona, y que por otro lado lo creía incapaz de invitarla a salir por su timidez evidente en lo que le escribía, hizo las cosas de tal forma que él creyera ser el que tomó la iniciativa de la cita, y de esa manera concretar el encuentro.

Xabier, revisó sus correos, la cita se mantenía en pié, a las 17 en el “Patisserie”, ese bar nuevo que habían abierto frente a la plaza Navarra. Una vez alistado para la corrida, salió decidido.

–Primero, lo primero-, se dijo.

Como siempre, estaban preparadas y listas para la corrida una gran cantidad de personas. En cuanto liberaron a la bestia y comenzó la carrera, Xabier tomó la delantera junto a otro conocido corredor. Al cabo de unas calles, siempre con el toro por detrás de ellos, al doblar una esquina, sintió un griterío. Siguieron corriendo, doblaron nuevamente, pero el toro no aparecía, no les alcanzaba. Al cabo de unos segundos, apareció al fin esa bestia más embravecida que antes, y tirando cornadas en todas direcciones. Cuando al fin llegaron al encierro, con la bestia ya en la plaza de toros, Xabier había sido el primero, había triunfado otra vez, ó mejor dicho, por ésta vez, le había ganado a esos cuernos amenazantes.

Pese a la alegría de haber hecho bien su faena, notaba en la gente un cierto pesar, no entendía que sucedía. Al parecer, según le contaron luego, ese griterío que escuchó en la corrida, fue a razón de una embestida que hizo el toro contra una señorita, que totalmente imprudente, y vaya uno a saber que iría pensando en que, había cruzado las vallas de contención, y no lo había sacado barato.

Xabier, luego de pasar por su casa para cambiarse de ropas, y de acuerdo a los planes de ese día, llegó a la cita a la hora pactada. Para reconocer a Cecilia, según lo convenido, ella estaría vestida totalmente de rojo.

El cuidador del corral, donde guardan los toros para la corrida del día siguiente, no supo como logró escabullirse, ni tampoco como salió con vida, ese mozo que estaba enfrentando con sus puños ensangrentados los cuernos que lo apuntaban y rodeaban.

Lo cierto y triste es que, por culpa del destino, ó vaya a saber por culpa de quién, usted…  de tan inesperado final, fue.

Fin

——————————————————————————————————————————–

*Curiosamente, el sitio de internet donde se conocieron Cecilia y Xabier, es de una organización que trata de eliminar las sangrientas y brutales matanzas de toros, y proponen solamente mantener las corridas, los encierros, y luego los toreros que lidien con el animal a mano limpia; a capa y floreo, sin lastimarlo, ni mucho menos matarlo, ó sea, una forma de mantener la tradición, pero menos brutal, más pareja, más civilizada, y con verdadera valentía.

——————————————————————————————————————————–

                                                                                                                                                                          Ernesto Palner                                                                                                                           Oct’ 2015

Olas

amaneceresss 001

 

Las olas lamen la playa,

y regresan con el mar.

 

Mi lengua probó tu piel,

sólo piensa en regresar.

————————————————————–

Relatividad y tiempos


 

Relatividad y tiempos

 

Guardo para mí, un gran descubrimiento,

no logro ni busco detener el tiempo todavía,

que sería el objetivo final,

pero logro en forma segura, eso sí,

alargarlo, estirarlo, casi congelarlo.

 

Puedo hacerlo interminable,

segundos transformarlos en días,

minutos en meses,

y simplemente una ó dos horas,

puedo convertirlas en una eternidad.

 

Tengo que concentrarme,

y mantener la concentración, la idea,

no distraerme, fijar la imagen,

observar muy detenidamente

hasta el más mínimo detalle.

 

El método para lograrlo es simple,

consiste en internalizar en la mente,

hasta lo más profundo,

la maldita e insoportable realidad,

de cuanto tiempo,

de ese tiempo llamado real,

me hace falta

para volver a verla.

 

 

 

Ernesto Palner

——————————————————————————-

Mayo 2015

Conciencia de ser

 

El que se celebra y se canta a si mismo,

al fin comprendido.

 

El pájaro que da cuerda,

y el mundo que no despierta.

 

El viejo en su mar,

dominando su vida a su modo.

 

El hidalgo caballero, con su peto y espaldar,

derribando uno a uno, todos los molinos.

 

Fierro retornando a su intacta vida,

rancho, familia y lugar.

 

Conciencia de la fragilidad,

soplando y resoplando,

haciendo remontar

todos los sueños.

 

Y fragilidad no es la palabra,

porque no puede ser en vano,

se precisa más de una vida,

putada, esa es la palabra.

 

¿Quién sabrá de los sueños no revelados?

¿Dónde quedarán los besos contenidos?

El resto de aire que guardo para vos,

¿se irá al viento así,

en un suspiro?

 

 

————————————————————————————————–

Decisiones

 

No me decido,

y no decido no decidirme,

yo solamente no me decido.

La decisión se pone en falta sola.

 

———————————————————————————–

Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

————————————————-

El Calcetín de Cecilia

 

 

El Calcetín de Cecilia

                                                              -ó de madres y desmadres-

 

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo, podría haber usado unos rosados que estaban nuevos, pero en el mail ella había escrito claramente: estaré vestida totalmente de rojo.

Bueno sería, que después de tanto tiempo buscando una cita, se vaya todo a perder por semejante distracción, de ninguna manera, si dijo toda de rojo, iría toda de rojo. ¿Y dónde diablos se había metido ese bendito calcetín? Se reía de que pensara en el diablo buscando algo rojo, pero serían esas casualidades que suelen pasar, en esta oportunidad el diablo no metería la cola, ó al menos eso pensaba hasta ese momento, y por otro lado, el calcetín no se había metido sólo en un escondite, ella era la que no se acordaba donde lo había puesto, porque los calcetines no caminan solos. Pero si en vez de estar pensando en todas estas tonteras, buscara con más atención, y no volviera a buscar siempre en los mismos lugares, seguramente lo encontraría, tenía que concentrarse en lo que hacía, eso le decía siempre su madre, que ya iban para tres años que había muerto y ella todavía la seguía sintiendo como susurrando en su oído: -Cecilia, que te tienes que concentrar en lo que haces… -Cecilia, que si caminas siempre mirando el suelo no conseguirás novio… -Cecilia, que arréglate el cabello niña, que pareces una mojigata… -Cecilia, que eres tan distraída que un día perderás la cabeza… Y bueno, tan equivocada no estaba su madre, no perdió todavía la cabeza, pero sí perdió un calcetín, y en el momento menos oportuno.

Conclusión, que se le hizo tardísimo buscando el bendito calcetín, y lo había dejado junto a la pañoleta que tenía preparada para salir, que como también era de color rojo no se distinguía una prenda de la otra. ¿Sería el color rojo que atraía al diablo con sus maldades? No, no tenía que pensar así. De nuevo aparecía su madre susurrándole: -Cecilia, que si eres buena te pasarán cosas buenas…

Al fin, ya preparada para su ansiado encuentro, salió en camino a los fuertes brazos del amor. Porque seguramente ese caballero que le decía tan dulces cosas por mail, sería su amor para toda la vida, ella lo presentía, ya lo podía ver regresar del trabajo con un ramo de jazmines y ella esperándolo con una sonrisa y con la mesa servida, lo veía jugando con los niños que seguramente iban a tener, lo veía sentado a su lado mirando televisión, lo veía todo como una película, ó mejor, como en esas novelas que miraba junto a su madre.

Quizás, de no haberse demorado buscando ese calcetín, ó quizás si no hubiera elegido el color rojo, quién lo podrá saber, lo cierto es que al pasar por entre las vallas, que no debería haberlas atravesado, que para eso estaban las vallas, para que la gente no las atraviese…, justo en ese momento, doblan por la esquina los dos primeros corredores y tras ellos el embravecido toro que venían provocando y esquivando. Claro, la pobre Cecilia, que como venía escuchando los susurros de su madre, y soñando con su nueva vida, no escuchó los gritos de alerta.

No se puede acusar al animal que tan cebado estaba, ni a la pobre Cecilia que caminaba flotando en un futuro de rosas.

Lo cierto y triste es que, por culpa del destino,

ó vaya a saber por culpa de quién, usted…

de tan inesperado final,

fue.

 

                                                                                                                                             Ernesto Palner

———————————————————————————————————————–

Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

————————————————-