Xabier -ó de tetas, cuernos y destetes-

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Xabier

                                                           -ó de tetas, cuernos y destetes-

 

-¡Ostia, joder, quédate quieta ya! ¡Que no eres un perro, joder! ¡Tanto nervio por los petardos, niña! ¡Que yo quiero terminar ya, antes que tú, ostia! Pues mira, ahí va, muy bien, así, así, así, ahí vamos, tú te quedas así, así, quietecita, yo puedo acariciar tus tetas suavemente, los dos hacemos lo nuestro, y ya, a otra cosa. Que esta noche con suerte acaricio unas tetas de verdad, ostia. Que ya ni me acuerdo como era eso. ¡Venga, va, que ya nos vamos entendiendo, ahí va… joder!

Xabier, siempre ha trabajado en el tambo junto a su padre y a Patxi, su primo. Las vacas precisan atención todos los días del año; no existen sábados, domingos, ni feriados; no saben de citas, ni de encierros, ni de corridas, ni nada. Y ese día, Xabier tenía programado hacer exactamente todo eso. Lo de las corridas y encierros lo hizo ya desde pequeño, con los becerros, pero lo de las citas no era precisamente su fuerte. Salvo Martitza, quien a los catorce años fuera su primer, único, y gran amor, nadie sabía de la suavidad de esas manos en las partes más íntimas del cuerpo de una mujer. Desde que terminó la escuela, solamente se dedicaba al trabajo en el tambo, y en sus ratos libres, a prepararse para las corridas y encierros, que le daban esa sensación de riesgo, de vértigo, de ganarle a la muerte, de sentir que podía derrotarla para siempre y por siempre, como le hubiese gustado haberlo hecho con José, el andaluz ése que conquistó a Martitza, al que no tuvo la valentía de enfrentar, ó no se dio cuenta en el momento, que esa pérdida lo dejaría tan roto por dentro, tan triste, como se seguía sintiendo aún hoy, pese al tiempo que había pasado.

Por su físico exuberante, sus formas un poco toscas, y con unas manos que de tanto extraer hasta la última gota blanca que saliera de las ubres parecían estallar de grandeza, nadie pensaba que Xabier estaría con un dolor tan grande en su interior. Siempre sonriente, saludador a dos manos con quien se cruzara en el pueblo, poseía todo el semblante de una persona que tenía “la vaca atada”, como gustaba decir su padre de aquellos que tenían montones de billetes, ó se sentían bien con la vida. Iba siempre vestido de blanco, con su boina roja calada hacia la izquierda, orgullo de corredor en los sanfermines, y contaba con varias corridas de antología para los sabedores de esas lides. Para todos los expertos, salvo para su padre, que siempre recordaba más anécdotas ó gestos de valentía de otros corredores, como de Patxi, ó del Zurdo Etchegaray, que historias de su propio hijo, al que tenía por bastante flojo, y un tanto acobardado, según comentara en más de una ocasión en la bodega donde almorzaba a diario.

-¡Que sí apá, que sí! ¡Terminé recién con la Blanquita, que era la última, y la próxima vez que se ponga tan pero tan lenta, tendré que ablandarla a ostias! ¡Si esa vaca quiere guardarse la leche en sus tetas, que reviente, joder! ¡Todos los santos días lo mismo, ostia!

Terminada la rutina del tambo, Xabier juntó sus cosas, respiró hondo, tenía que ir a prepararse para la corrida, y para su cita. Saludó a todos, y cuando se estaba marchando escuchó a su primo Patxi:

-¡Eh Xabier, que quiero verte enfrentar los cuernos hoy, eh! ¡Venga, agur, buena corrida primo, agur!- se despedía.

Seguramente, Patxi hablaba sólo de lo que hablaba, de los cuernos de los toros, pero Xabier sentía como una molestia con esas frases, lo de “enfrentar los cuernos” no podía asimilarlo sólo como una cuestión de tauromaquia, le volvían a la mente el andaluz y Martitza.

Llegó a su casa, alistó lo necesario, revisó por última vez el ordenador, no sabía si quería tener la confirmación de la ansiada cita, posterior a la corrida, ó si prefería que esa mujer se hubiera echado atrás. Que no era miedo lo que sentía, no, pero estaba como molesto, nervioso. Hacía varios años que mantenían un intercambio de mensajes, se habían cruzado algunos “me gusta” de Facebook de un sitio* que visitaban ambos, y de repente un día, no recordaba como, empezaron una relación vía internet.

Todavía no se conocían personalmente, al parecer ella tenía una madre bastante absorbente, y con alguna enfermedad que requería su atención constante. Ahora, que la madre había fallecido hacía un tiempo, esta mujer tomaba un poquito las riendas de su propia vida, y le había propuesto a Xabier una cita. Mejor dicho, como ya venía conociendo a este hombre que lo sentía tan tierno, tan buena persona, y que por otro lado lo creía incapaz de invitarla a salir por su timidez evidente en lo que le escribía, hizo las cosas de tal forma que él creyera ser el que tomó la iniciativa de la cita, y de esa manera concretar el encuentro.

Xabier, revisó sus correos, la cita se mantenía en pié, a las 17 en el “Patisserie”, ese bar nuevo que habían abierto frente a la plaza Navarra. Una vez alistado para la corrida, salió decidido.

–Primero, lo primero-, se dijo.

Como siempre, estaban preparadas y listas para la corrida una gran cantidad de personas. En cuanto liberaron a la bestia y comenzó la carrera, Xabier tomó la delantera junto a otro conocido corredor. Al cabo de unas calles, siempre con el toro por detrás de ellos, al doblar una esquina, sintió un griterío. Siguieron corriendo, doblaron nuevamente, pero el toro no aparecía, no les alcanzaba. Al cabo de unos segundos, apareció al fin esa bestia más embravecida que antes, y tirando cornadas en todas direcciones. Cuando al fin llegaron al encierro, con la bestia ya en la plaza de toros, Xabier había sido el primero, había triunfado otra vez, ó mejor dicho, por ésta vez, le había ganado a esos cuernos amenazantes.

Pese a la alegría de haber hecho bien su faena, notaba en la gente un cierto pesar, no entendía que sucedía. Al parecer, según le contaron luego, ese griterío que escuchó en la corrida, fue a razón de una embestida que hizo el toro contra una señorita, que totalmente imprudente, y vaya uno a saber que iría pensando en que, había cruzado las vallas de contención, y no lo había sacado barato.

Xabier, luego de pasar por su casa para cambiarse de ropas, y de acuerdo a los planes de ese día, llegó a la cita a la hora pactada. Para reconocer a Cecilia, según lo convenido, ella estaría vestida totalmente de rojo.

El cuidador del corral, donde guardan los toros para la corrida del día siguiente, no supo como logró escabullirse, ni tampoco como salió con vida, ese mozo que estaba enfrentando con sus puños ensangrentados los cuernos que lo apuntaban y rodeaban.

Lo cierto y triste es que, por culpa del destino, ó vaya a saber por culpa de quién, usted…  de tan inesperado final, fue.

Fin

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*Curiosamente, el sitio de internet donde se conocieron Cecilia y Xabier, es de una organización que trata de eliminar las sangrientas y brutales matanzas de toros, y proponen solamente mantener las corridas, los encierros, y luego los toreros que lidien con el animal a mano limpia; a capa y floreo, sin lastimarlo, ni mucho menos matarlo, ó sea, una forma de mantener la tradición, pero menos brutal, más pareja, más civilizada, y con verdadera valentía.

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                                                                                                                                                                          Ernesto Palner                                                                                                                           Oct’ 2015