La casa y nosotros

por Ernesto Palner

 

 

“Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse” *      

  

No recuerdo si fue Irene ó fui yo, pero surgió la idea de alquilar las habitaciones que no usábamos. En principio, para que el cambio de estar con más gente en nuestra casa no fuera muy intempestivo, nos pareció atinado desempolvar unos maniquíes que había en el sótano, que habían pertenecido a la tienda del abuelo, darles un rol específico dentro de la casa, e interactuar con ellos de tal forma que vayamos sintiendo lo que es ver caras y procederes nuevos entre nosotros.

El primero fue Esteban, un joven estudiante de medicina procedente de Jujuy. Como le resultaba fascinante su carrera, estaba muy en lo suyo y no molestaba para nada; se levantaba a la mañana temprano, se duchaba, desayunaba, salía, y no volvía a la casa hasta entrada la noche. Para no apegarnos a él, y como no queríamos que nos tome de confidentes de sus cosas, no le preguntábamos mucho de su vida. Era limpito, prolijo, no traía amigos ni amigas a la casa, era un buen candidato. Dado que el padre lo precisaba de ayudante en su trabajo, no colaboraba mucho en que Esteban estudie, todos los meses se retrasaba en transferirle el dinero para el alquiler de la habitación y para sus gastos. El muchacho terminó desertando al estudio y se volvió a su tierra.

Después quisimos probar con una mujer de unos 35 años, procedente de Chubut, quien había viajado a Buenos Aires porque estaba su padre internado en una clínica, y con no muchas esperanzas de salir sobre sus pies de esa internación. Con Clarisa, que así la llamamos, al poco tiempo de estar en casa, no quisimos seguir probando, dado que nos ponía muy tristes recordando la internación de nuestro abuelo paterno, por lo que decidimos descartarla elegantemente de la candidatura a posible inquilina.

Con una gabardina de nuestro padre, que Irene mantenía en perfecto estado y a salvo de las polillas, una pipa del abuelo Félix, los anteojos de abuelita, y una lupa que había dejado olvidada Robertito, nuestro primo de Mendoza que nos había visitado en unas vacaciones de invierno, nos fabricamos un nuevo huésped que era investigador privado, y a quien llamamos Dupin. No podíamos decir absolutamente nada malo sobre la convivencia con Dupin, era una persona reservada, muy culta, más bien silenciosa, con algunos signos de timidez, no se lo escuchaba cuando estaba, ni cuando salía ó cuando entraba. Evidentemente, lo suyo era el sigilo. Nos gustaba convivir con él, no podríamos decir que no, nos contaba historias fascinantes sobre investigaciones que había realizado en París, en Berlín, y hasta en la misma Pekín había resuelto el asesinato de un monje tibetano ó budista, no recuerdo bien. Una tarde, y como hacía varios días que no lo veíamos, Irene golpeó la puerta de su habitación varias veces por si estaba mal, ó precisaba algo. Sin avisarnos, se había ido, ya no estaba en la casa, como tampoco sus cosas. Una pena, nos habíamos encariñado bastante con Dupin y sus historias, nunca más tuvimos noticias sobre él, ni de su paradero.

Seguimos probando posibles huéspedes, entre ellos una enfermera, que nos venía muy bien en caso que necesitáramos una inyección ó una curación de urgencia, pero temíamos que trajera a la casa gérmenes ó bacterias de sus pacientes, por lo que la descartamos; una estudiante cordobesa de arquitectura, muy bonita chica, muy educadita, pero nos llenó la casa de maquetas gigantes invadiendo insoportablemente nuestros espacios, como también de cabellos el desagote de la bañera, situación ésta muy insolente según Irene; también estuvo unos días un cocinero taiwanés ó tailandés, nunca pudimos entenderle bien sus palabras, quien nos llenaba la casa con un aroma a pescado que los gatos del barrio se organizaban en la puerta para ver como conquistaban la tan bien oliente propiedad; creo que uno de los últimos intentos de alquilar alguna habitación, lo hicimos con un fraudulento heredero chileno que nos tuvo engañados un buen tiempo con su embuste, y se fue sin pagarnos la renta.

Por fin, y después de muchas elucubraciones, nos convencimos; teníamos que mantener los recuerdos de nuestros bisabuelos, abuelos, y demás familiares, si queríamos seguir sanos y unidos como hasta ahora, viviendo en nuestro inocente pasado.

No era una locura permanecer sólo nosotros dos en esa casa, la locura estaba afuera, en las calles, en la gente de afuera, en ese presente enfermizo e imperfecto que no era el nuestro.

Sellamos las ventanas y las puertas, dejamos los maniquíes descansando en el sótano, de donde nunca tendríamos que haberlos movido, y retomamos nuestra tranquila vida, en nuestro hermoso hogar.

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* Casa Tomada –Julio Cortázar-

Ernesto Palner

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Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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