Ernesto Palner

cuentos, poemas y pareceres

Mes: julio, 2014

Heridas

                                                                      

                         Lloran hasta la madrugada 

en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

                                                                   Jaime Sabines –Los Amorosos-

 

 

Madrugadas agotadas,

llamadas al amor inquebrantable,

sudorosas caricias desde el ayer,

manos heridas que callan,

placeres que querían,

y siguen queriendo nacer.

 

Infestos y carnales dolores,

oscuridades llenas de soledad,

suspiros que quieren volver.

Heridas mortales para este hoy

que sueña siempre

y vuele a soñar,

con ayer.

                                               

 

                                      Ernesto Palner

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Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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Buscamos

 

Algunos viven,

otros buscamos,

buscamos.

 

Nos sentimos tan idiotas,

pero tan idiotas,

pero buscamos,

y buscamos.

 

Nos damos cuenta que buscamos,

pero no sabemos qué buscamos,

solamente buscamos,

y buscamos.

 

La vida se nos va,

y nos damos cuenta,

pero buscamos.

 

Los amores se nos van,

pero buscamos,

sólo buscamos.

 

 

Ernesto Palner


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Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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Continuidad de los tiempos

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Continuidad de los tiempos

de Cortázar a Arbolito y los otros

 

 “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”*

Aunque sabía que era una novela histórica, ó sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los sufrimientos y las pasiones de los personajes en lo más hondo de su cuerpo.

-Oiga Sargento, aliste a los hombres. Mañana al amanecer retomamos la marcha y los quiero a todos bien pertrechados, lanzamos la última embestida y eliminamos a todos esos indios de mierda.

-Si señor, aunque la tropa está un poco cansada señor… Pero a sus órdenes señor.

-Cansadas mis pelotas!!! Prepare a esos vagos y al que se amilane lo paso por mi facón, carajo!

Su mano izquierda, en estos pasajes del libro, se cerraba fuertemente, formando un puño que movía hacia arriba y abajo, rozando con los nudillos el terciopelo verde acariciado hasta hacía un momento.

A la madrugada siguiente, el ejército al mando del “guardián de las fronteras”, avanzó sobre la última toldería que quedaba a unas pocas leguas de Dolores, el primer pueblo patrio. Para economizar balas, que escaseaban en esos tiempos, el comandante mandó degollar a cuanto indio se encontrase, sean hombres, mujeres ó niños. Y así se hizo, a ningún milico se le ocurría contradecir al comandante, era mejor desertar y vivir desterrado y furtivo, antes que desafiar a terrible sanguinario. Degollar y economizar balas era la consigna.

Se dio cuenta, cuando ya le quemaba la piel de los nudillos al rozar tan insistentemente el terciopelo del sillón, que la novela lo estaba alterando demasiado. Decidió abandonarla un momento, y servirse un whisky con bastante hielo, para de paso refrescar su colorado puño. Al tomar el vaso con su mano derecha, notó una mancha roja en la manga de su robe de chambre beige que había traído de París hacía un mes. Pese a que esa mancha llamó su atención y lo puso de mal humor, decidió seguir con su novela.

-Le aseguro a mi pueblo, que todas estas muertes serán vengadas por mí y nuestros hombres –dijo el jefe ranquel-. Y tomo personalmente el compromiso de cumplir y hacer cumplir estas palabras –sentenció.

En todas las comunidades aborígenes, reinaba el miedo, la angustia, el terror por las noticias llegadas sobre esos avances sanguinarios del ejército, al mando del que se hacía llamar “el guardián de las fronteras”. La única esperanza dentro de las comunidades, era saber que el jefe ranquel que se comprometía a defenderlos, no se rendiría hasta cumplir su promesa.

Al comandante le llegó la felicitación del gobernador desde Buenos Aires. Lo premiaba por su defensa de la patria, con 500 leguas cuadradas en el lugar conquistado que él eligiese.

Habrá sido por el whisky, por un día tan largo, ó no sabía porque,  pero de repente sintió mucho cansancio. Le pidió a su mayordomo que le prepara una cena liviana así se retiraba a descansar temprano, y así lo hizo. Al quitarse la bata, notó que no era  solamente una mancha roja en su manga, si no varias y por distintos sitios, tendría que avisarle al mayordomo que tenga más cuidado con su ropa.

Por la mañana recorrió la finca, se sintió conforme con la elección del personal a su cargo, había faltado un buen tiempo estando de viaje, pero se mantenía todo en perfectas condiciones. Tendría que ir pensando en delegar algunas cosas más, y dedicarse más tiempo a darse sus gustos. Almorzó en el parque, debajo de los robles, como solían hacerlo con su mujer cuando ésta aún vivía. Pidió que le sirvan el café en el estudio, se sentó en su sillón verde, con vista al parque, y se entregó a la lectura de las últimas páginas de la novela que tanto lo apasionaba.

Envalentonado por sus últimas incursiones en territorio indígena, y sintiéndose apoyado por Buenos Aires, el comandante sanguinario decidió seguir hacia el oeste, donde figuraban en su mapa otros asentamientos indígenas rebeldes a la corona española.

-Preparen a los hombres y con sus sables bien afilados, mañana retomamos nuestra ardua y gloriosa labor de agrandar las fronteras de la patria –les decía convencido de su buena obra a sus oficiales. Y para incitarlos a cumplir bien su matanza, les prometía terrenos para construir sus casas, que disfrutarían con sus familias al lograr conquistar ese desierto.

Leía esas palabras y sentía que él era el único hombre en la tierra capaz de frenar semejante matanza de inocentes. No podía dejar de rozar sus puños en el terciopelo del sillón. Sentía bajo sus pies la tierra de esas pampas cubiertas de sangre, escuchaba los alaridos de las mujeres y los niños, lo sacudía el dolor de esos hombres embestidos brutalmente en nombre de la civilización. Olía la sangre, acariciaba el cabello de las ancianas degolladas por su único pecado de ser nativas de esa tierra con tantas riquezas, y tan deseadas por esos invasores asesinos.

En la desenfrenada embestida, la que fue llamada la Batalla de las Vizcacheras, el comandante observaba la lucha desde la retaguardia de sus hombres, maravillado con la facilidad con que reducían a carne muerta a esos indígenas, era real que sus soldados estaban muy bien entrenados.

Nunca se supo si fue realmente el jefe ranquel, si fue un cabo de los Blandengues, ó si fue otro personaje del que se habla, pero que nadie pudo identificar. En lo que si coinciden varios historiadores, es que el cuerpo del comandante, ya sin cabeza, siguió ladeado en el flanco izquierdo del caballo, enganchado por uno de sus pies al estribo, atravesando el campo de batalla y barriendo con todo su cuerpo, la tierra empapada de sangre.

De la cabeza del  “guardián de las fronteras”, no se sabe quién la levantó, ni tampoco si la misma mano que la llevó de trofeo por varios pueblos, fue la misma que lo decapitó de un solo golpe.

Por la mañana, el mayordomo le dejó preparado el desayuno junto al hogar, con los leños encendidos. Luego, se dirigió al estudio para recoger el vaso de whisky, que como era costumbre, dejaba su patrón en la mesita, al lado del sillón verde. Las ventanas del estudio se encontraban selladas desde hacía mucho tiempo, nadie podía salir ni entrar al parque por ahí. No entendía como llegaron esas huellas de barro color marrón rojizo al estudio, ni tampoco porque su patrón, cuando bajó a desayunar, tenía un gesto como de satisfacción, como de deber cumplido…


                                                                                                                               Ernesto Palner

*”Continuidad de los Parques” de Julio Cortázar

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Don Ricardo

 

Don Ricardo, vive en Funes desde que tenía 8 años. Hoy cumple 82. Nunca le quedó muy claro que problema tuvo su familia para mudarse de Bahía Blanca a este pueblo. La versión que tenía, con algunos detalles que cambiaban con el tiempo, era que su padre había salido a cazar junto a dos amigos, y uno de ellos mató por accidente a un puestero del campo donde cazaban. Justo ese mismo día, según le dijeron en otra oportunidad, unos cuatreros se robaron alrededor de 50 novillos del mismo campo. Parece ser que la policía, al no encontrar ni a los ladrones, ni al asesino del puestero, sospechaba del padre de Don Ricardo. Otra versión que tenía, por parte de un vecino que se encontró ya de grande, teniendo 20 ó 22 años, era que los amigos del padre habían llegado a Bahía Blanca muy poco tiempo antes de estos hechos, y luego desaparecieron del pueblo sin que nadie supiera más nada de su suerte, aunque algunos decían que los habían visto por el lado de General Madariaga convertidos en “señores ganaderos” con hacienda de dudosa procedencia. Pero eran todas versiones; lo cierto, es que Don Ricardo salió de Bahía Blanca, una noche y de forma apresurada, con su mamá, su papá, sus dos hermanas y dos ó tres bultos con ropa.

A los dos meses de llegar a Funes, el padre, diciendo que iba a Buenos Aires por un trabajo, los abandona y no lo ven nunca más. Por supuesto que esto se lo contó la madre, mucho tiempo después que sucedió. Tanto para él como para sus hermanas, que tenían cuatro años una, y un año y medio la otra, el padre estaba trabajando en Buenos Aires, y en el momento menos pensado, ya volvería.

La madre, como no podía trabajar todo el día, estando ella sola para atender a él y a sus hermanas,  habló con el dueño de la única bicicletería que había en el pueblo, para ver si podía tomar a Ricardito como ayudante, que si bien tenía nomás 8 años de edad, las bicicletas eran su pasión y haría todo lo que le pida. El bicicletero, que se llamaba Carmelo, vivía sólo, su esposa (a la que siempre maltrataba por “no haberle dado” un hijo), lo había abandonado yéndose con un viajante de repuestos para tractores. El hombre no tenía quien lo ayude, y habiéndole gustado la madre de Ricardito, le dio el trabajo al chico, a cambio de unas monedas por semana.

Ricardito, a fuerza de trabajar casi como esclavo de Don Carmelo durante 12 años, aprendió el oficio de punta a punta. Una tarde, volvía de comprar el tabaco para pipa que le había pedido su patrón, y lo encontró muerto, víctima de un ataque cardíaco,  caído entre las viejas y oxidadas bicicletas que esperaban ser reparadas.

A partir de entonces, y como Don Carmelo no tenía familia, Ricardito se hizo cargo de la bicicletería. En Funes lo aprecian mucho. Siempre estuvo con su madre, y la cuidó hasta sus últimos días. Sus hermanas, hasta que se casaron, también estuvieron a su cuidado. Hoy, cosechaba su esfuerzo, con el respeto y el aprecio de casi toda la gente del pueblo.

Yo supe de Don Ricardo por un tal Anselmo Gómez, dueño del bar que está frente a la estación de Funes, y al que le dicen el Gorrión, que según pude comprobar le hacía honor al apodo, me contó todo lo que sabía del padre de Don Ricardo, sus amigos, y lo ocurrido en aquel campo cerca de Bahía Blanca hacía ya tanto tiempo, en una sola mañana, y casi sin tomar respiro.

Tal vez, si no fuera hoy el día de su cumpleaños, con tanta gente saludándolo, y al verlo tan querido y tan buena persona, yo hubiera terminado de hacer lo que venía planeando desde mi infancia, mi promesa; y aunque ha pasado tanto tiempo, y nosotros éramos otros los personajes, yo sentía el mandato de cumplirla.

Nunca sabrá Don Ricardo que fue su padre el que mató al puestero en aquel campo de Bahía Blanca, y sólo para robarle la hacienda. Tampoco sabrá que el puestero tenía un hijo. Y menos aún sabrá, que ese hijo, con una escopeta cargada, y queriendo vengar una muerte, estuvo todo un día en su pueblo, Funes.

 

 

Ernesto Palner

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Sólo ésto te pido

 

Por favor,

decime y repetime cien veces,

todo lo que no me gusta

que me digas.

 

Por favor,

no hagas nunca más

todo eso por lo que yo muero

que vos hagas.

 

Soltame en el precipicio,

sentate a recordarme mis errores y miserias,

no me dejes volar en mis más sentidos sueños,

cortame de raíz cuando me afianzo en mis seguridades.

 

Por favor,

empujame, lastimame, aplastame,

ayudame a volver a la vida.

 

Necesito extirpar para siempre,

tu boca, tu mirada, y tu cuerpo,

que están clavados en el fondo de mis ojos.

                                                                 

 

           Ernesto Palner

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Sentires

 

Bastaba mirarla

para sentir que la vida estaba viva.

Bastaba sentirla

para saber el futuro rumbo de los vientos.

Bastaba poseerla

para tocar y ver el centro de la tierra.

Una caricia,

un roce de su piel,

todo lo extraño,

ó sólo eso extraño.

Pero como la extraño,

cómo la extraño,

solamente yo,

solamente yo lo sé.

 

 

Ernesto Palner

 

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