Ernesto Palner

cuentos, poemas y pareceres

Continuidad de los tiempos

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Continuidad de los tiempos

de Cortázar a Arbolito y los otros

 

 “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”*

Aunque sabía que era una novela histórica, ó sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los sufrimientos y las pasiones de los personajes en lo más hondo de su cuerpo.

-Oiga Sargento, aliste a los hombres. Mañana al amanecer retomamos la marcha y los quiero a todos bien pertrechados, lanzamos la última embestida y eliminamos a todos esos indios de mierda.

-Si señor, aunque la tropa está un poco cansada señor… Pero a sus órdenes señor.

-Cansadas mis pelotas!!! Prepare a esos vagos y al que se amilane lo paso por mi facón, carajo!

Su mano izquierda, en estos pasajes del libro, se cerraba fuertemente, formando un puño que movía hacia arriba y abajo, rozando con los nudillos el terciopelo verde acariciado hasta hacía un momento.

A la madrugada siguiente, el ejército al mando del “guardián de las fronteras”, avanzó sobre la última toldería que quedaba a unas pocas leguas de Dolores, el primer pueblo patrio. Para economizar balas, que escaseaban en esos tiempos, el comandante mandó degollar a cuanto indio se encontrase, sean hombres, mujeres ó niños. Y así se hizo, a ningún milico se le ocurría contradecir al comandante, era mejor desertar y vivir desterrado y furtivo, antes que desafiar a terrible sanguinario. Degollar y economizar balas era la consigna.

Se dio cuenta, cuando ya le quemaba la piel de los nudillos al rozar tan insistentemente el terciopelo del sillón, que la novela lo estaba alterando demasiado. Decidió abandonarla un momento, y servirse un whisky con bastante hielo, para de paso refrescar su colorado puño. Al tomar el vaso con su mano derecha, notó una mancha roja en la manga de su robe de chambre beige que había traído de París hacía un mes. Pese a que esa mancha llamó su atención y lo puso de mal humor, decidió seguir con su novela.

-Le aseguro a mi pueblo, que todas estas muertes serán vengadas por mí y nuestros hombres –dijo el jefe ranquel-. Y tomo personalmente el compromiso de cumplir y hacer cumplir estas palabras –sentenció en su lengua mezcla de araucano, mapuche y ranquel.

En todas las comunidades aborígenes, reinaba el miedo, la angustia, el terror por las noticias llegadas sobre esos avances sanguinarios del ejército, al mando del que se hacía llamar “el guardián de las fronteras”. La única esperanza dentro de las comunidades, era saber que el jefe ranquel que se comprometía a defenderlos, no se rendiría hasta cumplir su promesa.

Al comandante le llegó la felicitación del gobernador desde Buenos Aires. Lo premiaba por su defensa de la patria, con 500 leguas cuadradas en el lugar conquistado que él eligiese.

Habrá sido por el whisky, por un día tan largo, ó no sabía porque,  pero de repente sintió mucho cansancio. Le pidió a su mayordomo que le prepara una cena liviana así se retiraba a descansar temprano, y así lo hizo. Al quitarse la bata, notó que no era  solamente una mancha roja en su manga, si no varias y por distintos sitios, tendría que avisarle al mayordomo que tenga más cuidado con su ropa.

Por la mañana recorrió la finca, se sintió conforme con la elección del personal a su cargo, había faltado un buen tiempo estando de viaje, pero se mantenía todo en perfectas condiciones. Tendría que ir pensando en delegar algunas cosas más, y dedicarse más tiempo a darse sus gustos. Almorzó en el parque, debajo de los robles, como solían hacerlo con su mujer cuando ésta aún vivía. Pidió que le sirvan el café en el estudio, se sentó en su sillón verde, con vista al parque, y se entregó a la lectura de las últimas páginas de la novela que tanto lo apasionaba.

Envalentonado por sus últimas incursiones en territorio indígena, y sintiéndose apoyado por Buenos Aires, el comandante sanguinario decidió seguir hacia el oeste, donde figuraban en su mapa otros asentamientos indígenas rebeldes a la corona española.

-Preparen a los hombres y con sus sables bien afilados, mañana retomamos nuestra ardua y gloriosa labor de agrandar las fronteras de la patria –les decía convencido de su buena obra a sus oficiales. Y para incitarlos a cumplir bien su matanza, les prometía terrenos para construir sus casas, que disfrutarían con sus familias al lograr conquistar ese desierto.

Leía esas palabras y sentía que él era el único hombre en la tierra capaz de frenar semejante matanza de inocentes. No podía dejar de rozar sus puños en el terciopelo del sillón. Sentía bajo sus pies la tierra de esas pampas cubiertas de sangre, escuchaba los alaridos de las mujeres y los niños, lo sacudía el dolor de esos hombres embestidos brutalmente en nombre de la civilización. Olía la sangre, acariciaba el cabello de las ancianas degolladas por su único pecado de ser nativas de esa tierra con tantas riquezas, y tan deseadas por esos invasores asesinos.

En la desenfrenada embestida, la que fue llamada la Batalla de las Vizcacheras, el comandante observaba la lucha desde la retaguardia de sus hombres, maravillado con la facilidad con que reducían a carne muerta a esos indígenas, era real que sus soldados estaban muy bien entrenados.

Nunca se supo si fue realmente el jefe ranquel, si fue un cabo de los Blandengues, ó si fue otro personaje del que se habla, pero que nadie pudo identificar. En lo que si coinciden varios historiadores, es que el cuerpo del comandante, ya sin cabeza, siguió ladeado en el flanco izquierdo del caballo, enganchado por uno de sus pies al estribo, atravesando el campo de batalla y barriendo con todo su cuerpo, la tierra empapada de sangre.

De la cabeza del  “guardián de las fronteras”, no se sabe quién la levantó, ni tampoco si la misma mano que la llevó de trofeo por varios pueblos, fue la misma que lo decapitó de un solo golpe.

Por la mañana, el mayordomo le dejó preparado el desayuno junto al hogar, con los leños encendidos. Luego, se dirigió al estudio para recoger el vaso de whisky, que como era costumbre, dejaba su patrón en la mesita, al lado del sillón verde. Las ventanas del estudio se encontraban selladas desde hacía mucho tiempo, nadie podía salir ni entrar al parque por ahí. No entendía como llegaron esas huellas de barro color marrón rojizo al estudio, ni tampoco porque su patrón, cuando bajó a desayunar, tenía un gesto como de satisfacción, como de deber cumplido…


                                                                                                                               Ernesto Palner

*”Continuidad de los Parques” de Julio Cortázar

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Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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Cosas que pasan

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Cosas que pasan

                                                   -Che ci crediate o no-

 

En el año 1976, luego de abandonar por diferentes motivos la facultad de ingeniería, entré a trabajar en una fábrica de frenos para automóviles, camiones, tractores, etc., llamada Bendix, en el departamento de control de calidad.

El primer día de trabajo, me presentaron a un compañero llamado Corizzo, alias el Chori, que sería el encargado de presentarme a los demás integrantes de nuestro dpto, alrededor de unas 40 personas.

En cuanto me saludó, se asombró por el parecido físico que tenía con su hermano menor, quien también trabajaba en la fábrica, en nuestro mismo dpto. Como Chori era una persona muy afecta a la diversión, un jodón para ser más preciso, se le ocurrió presentarme ante los compañeros como el hermano mellizo de su hermano menor.

Evidentemente el parecido sería muy real porque toda la gente de la fábrica me veía como el hermano nuevo de los Corizzo, y en más de una ocasión tuve que aclarar que era yo, y no el otro, que también por cierto era un tipo muy extrovertido y jodón, como su hermano real, y no como el que suscribe…

Con el tiempo, empezamos a juntarnos con mi nuevo “hermano” fuera del horario de trabajo, algunos viernes ó sábado a la noche, dado que compartíamos muchos gustos similares, y en todos lados nos presentábamos uno al otro como “mi hermano mellizo”.

Casualmente, en una ocasión, coincidimos en el mismo transporte a la salida del trabajo,  en el viaje de vuelta a nuestras casas, Íbamos sentados uno al lado del otro, y me comentó que se dirigía a la avenida Cabildo para buscar un regalo para su novia, que cumplía años al otro día. No fue poca mi sorpresa, yo había cambiado ese día de línea de colectivo justamente por ese mismo motivo, buscar un regalo para mi novia que cumplía años el día siguiente, y me dirigía al mismo centro comercial. No sólo éramos “casi” mellizos, teníamos una novia que cumplía años exactamente el mismo día que la otra.

No recuerdo como fue el siguiente detalle que nos paralizó, estábamos buscando regalos para nuestras queridas cumpleañeras, creo que eligiendo una cadenita para el cuello, con un dije de plata con la inicial del nombre de la agasajada, ó algo similar, pero en algún momento, uno de los dos nombró a su pareja, automáticamente los dos nos quedamos asombrados, incrédulos, temerosos… teníamos también, por increíble que parezca, además de nuestro llamativo parecido físico, novias que habían nacido el mismo día, y que compartían el mismo nombre…

Por si cabe la aclaración, y por suerte para nosotros, no compartían otra cosa más que lo dicho…

Salute!

POSDATA

El 26 de Octubre de 1976, mi hermano postizo, quien nunca jamás había militado en ningún partido político, como en ninguna actividad estudiantil ni gremial, al salir de la fábrica fue llevado en un auto civil, sin patente, por tres personas trajeadas, nunca se supo más nada de él.

Desde el 10 de Noviembre de 1976 vivo en esta ciudad, las noches son muy frías, e infinitamente largas.

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El Sueño de los Rescatadores

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 El Sueño de los Rescatadores  

                                           -Ellos-

 

Recordó nítidamente, que en esa gran habitación del sanatorio en la que había entre diez y doce personas, reinaba ese júbilo tan particular que se produce después de una internación prolongada, y ya sabiendo que el mal momento ha pasado, se imponen los preparativos del tan ansiado regreso a casa.

Entre hermosos arreglos florales, saludos, felicitaciones, y algún “yo ya sabía que te ibas a poner bien… “, se asoman por la puerta ellos. Serían, le pareció ver, tres hombres y dos mujeres, que rondarían todos entre los veinte y veinticinco años de edad. Con mucho sigilo, tratando de pasar inadvertido, uno de ellos se desplazó hacia adentro de la habitación, saludando muy naturalmente a quien se le cruzaba por delante. Con total soltura tomó unos libros que estaban sobre una mesa, y muy suavemente, con movimientos casi felinos, se fue retirando hacia el pasillo donde lo esperaban sus compañeros, para escabullirse todos juntos entre la gente que deambulaba por el sanatorio.

Él había estado observando todo ese desplazamiento, que no habrá durado, desde que se asomaron, más de treinta segundos. Cuando por fin pudo entender lo sucedido (siempre su cerebro responde un ratito después de lo que le gustaría en estos casos…), también se dio cuenta que uno de los libros que se habían llevado ellos, era suyo. Ninguna de las visitas notó, ó tomó en cuenta todos esos movimientos, quizás pensando que la persona que entró y tomó esos libros con tanta naturalidad, era un conocido del internado.

Salió al pasillo y emprendió la búsqueda de estos personajes. No habrá recorrido más de tres pasillos cuando dio con ellos. Se sorprendió al verlos en una situación muy similar a la vivida momentos antes. Otra vez estaban en la puerta de una habitación, y pudo ver como uno de ellos salía de allí con varios libros entre sus manos. El primer impulso de reclamar su libro y denunciar sus hábitos, fue demorado por vaya a saber qué motivo (y esta vez le agradeció a su cerebro el ratito que se tomó…).

Los estuvo siguiendo por el sanatorio y repitieron la misma escena varias veces más, todo esto para luego acomodarse en una sala de espera, mezclados con los pacientes, y entregarse a la lectura en una forma desaforada, ansiosa, desmedida; como si en esos libros estuviera escrito el modo de conocer los caminos para llegar al tan ansiado dharma, ó tal vez encontrar algún secreto que los lleve a ser poseedores de la más absoluta de las verdades; no levantaban la vista en ningún momento, se zambullían en los libros, sonreían, lloraban, gesticulaban, estaban sumergidos en esos textos, en esas historias, viviéndolas como propias.

Empezó a observarlos con más detenimiento siguiéndolos durante varios días, y de a poco, fue descubriendo su accionar. Hambrientos de lectura, recurrían a una técnica que parecían tener muy aceitada.  No hacían otra cosa que rescatar algún libro de los lugares donde nosotros los simples mortales nos entregamos a las letras. Luego, para leerlos, sorteaban los turnos respetándolos religiosamente, saciando su apetito por un rato nomás. Una vez que todos habían leído el material rescatado, lo devolvían a su lugar, y comenzaban otro periplo en una secuencia de estas acciones, interminable.

Este grupo de seres tan silenciosos, tan suaves en sus movimientos, y de necesidades vitales tan extrañas, le estaban inspirando simpatía y hasta un cierto afecto.

Lástima que en algún momento, cree que fue mientras los observaba amontonados en el subte oteando por sobre el hombro de un pasajero el libro que leía, no pudo más de cansancio y dormitó unos instantes. Al abrir los ojos, estaban caminando por el andén, y el subte retomando su marcha lo llevaba inexorablemente a perderles el rastro.

Preguntó primero en varias bibliotecas, pero le informaron que los conocían y hacía mucho tiempo que les habían prohibido la entrada, dado que si los dejaban pasar, luego, a la hora de cerrar las puertas, no había manera de hacerles abandonar la sala y armaban unos escándalos insoportables.

Todavía hoy los sigue buscando. Mira en las salas de espera, en los salones de estar de los hoteles, en las peluquerías, en los coche-cama de los trenes, pero triste y angustiosamente no los puede encontrar.

De todas formas, todo esto fue sólo un sueño. De esos sueños que no querría despertar, que desearía continuar y volver a soñar, esos que dejan una sensación de esperanza, y una sonrisa que querría perpetuar.

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Ernesto Palner

 

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Salute!

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Ansias

Y por momentos,

parece que sus ojos

buscaran un remanso

y caricias en los míos,

 

en los míos,

tan ansiosos de cobijarla.

 

Entonces,

¿son sus ojos lo que veo?

¿ó son las ansias de los míos?

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Ernesto Palner

 

 

 

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Caravelle

El reclamo de Ivette, era básicamente el mismo desde hacía mucho tiempo, y él consideraba que con mucha razón por cierto. A ella le resultaba muy difícil convivir con una persona deprimida y sin ganas de vivir, con un constante desgano por todo; la entendía perfectamente, y por ese motivo se había propuesto terminar la relación, pero terminarla de una forma que ella no sienta ninguna culpa por la separación, que la responsabilidad cayera enteramente sobre él, que en definitiva era el que tenía tantos conflictos existenciales sin resolver, ó sin ganas de resolverlos.

Preparó su vehículo, le dijo a Ivette que iba a pasar un par de días en la casa de unos amigos cerca de Perpignan, lugar donde él había vivido de joven, y donde vivía aún una compañera de facultad de la cual Ivette pensaba que él seguía enamorado. El par de días se transformaron en meses, con cartas cada vez más lejanas y más indiferentes. Ivette, después de esperarlo más de un año, y tratando de recuperarlo, le advirtió que si no regresaba a París para estar con ella, se volvería a Vierzon. La idea de no volver a ver a Ivette le hizo temblar todo el cuerpo, pero tenía que ponerla a salvo de él y su depresión incurable, sería mucho mejor para ella.

Dejó pasar los días tratando de no estar sólo, visitando viejos amigos y recorriendo los alrededores. Imprevistamente, se imaginó con Ivette retomando su viejo trabajo de titiriteros, se preguntaba por qué no empezar de nuevo, por qué no intentar recuperar su vida y su compañera de tantas vivencias. En muy pocos días tenía escritos varios libretos con nuevos cuentos para las funciones de títeres, la vida empezaba a interesarle y a tomar color nuevamente, sentía que tenía que retener a Ivette, sin su amor, definitivamente se acababa su interés por la vida.

Decidido, preparó sus cosas y su viejo Caravelle, tenía que llegar a París lo más pronto posible para compartir con Ivette sus ideas y nuevos proyectos que seguramente cambiarían sus vidas retornando los días tan felices que habían vivido. Recorrió muchos kilómetros, con la grave incertidumbre de saber si llegaría a tiempo para retenerla, sabía que los domingos la entrada a París por la autopista del sur era muy concurrida, pero tenía que intentarlo de cualquier manera.

Imprevistamente, apenas salidos de Fontainbleau, se detuvo el tránsito en todos los carriles, recorrían algunos metros al paso y volvían a detenerse, otro tanto al paso, y nuevas detenciones, cada vez más prolongadas. Pasaban las horas y no avanzaba, no podía ser real, no podía estar pasándole esto, tenía que llegar a París cuanto antes.

Miraba a su izquierda buscando cómplices que entendieran su desesperación, pero encontraba una pareja en un Peugeot 203 con su felicidad avícola y su niñita; miraba a su derecha y había un Volkswagen que conducía un soldado, seguramente recién casado, muy feliz con su nueva esposa; si miraba al frente, había un Peugeot 404 con un ingeniero joven y muy sociable, tratando de conquistar a la muchacha que conducía el Dauphine de su izquierda. Más adelante todavía, adelante del 404 del ingeniero, unos muchachos en un Simca, escuchaban una música estridente a todo volumen y reían a carcajadas continuamente, como si estuvieran en una fiesta. Las únicas recatadas, y que realmente ponían interés en que el tráfico avance manteniéndose en su Citroen 2HP, eran dos monjas que estaban adelante del VW del soldado. Si se mantuvieran todos en sus autos, y con la firme voluntad de avanzar, en vez de estar hablando, comiendo, y riendo, tal vez lograrían continuar sus caminos.

Parecía que todos los que lo rodeaban, a pesar de estar estancados en esa autopista, no comprendían que su vida dependía de llegar a París a tiempo para no perder a Ivette; todos exhalaban vida y felicidad pese al contratiempo, eso lo deprimía cada vez más, no quería hablar con nadie, ni sonreírle a nadie; no quería comer ni beber compartiendo lo que tenían, como hacían todos; solamente quería llegar a Ivette, por esta vez y en mucho tiempo, quería una oportunidad de vivir, de sentir ganas de vivir.

Pasaban los días, las noches, y él seguía firme en el volante de su Caravelle, con la vista fija hacia adelante. Poco a poco, la ilusión de encontrar a Ivette todavía en París, se fue diluyendo. También la idea de empezar nuevamente con su oficio de titiritero, se fue esfumando. Los años, le caían a baldazos sobre su cuerpo a cada minuto que pasaba anclado en esa autopista, su cabeza empezaba a pesarle cada vez más, los brazos y las manos fijos al volante, pero con un peso infernal é insostenible sobre todo el cuerpo.

Cuando el ingeniero del 404, que era quien más recorría los autos vecinos, se acercó al Caravelle, notó que ese hombre callado, serio, y que no había compartido más que algunas palabras con los demás, estaba apoyado sobre el parabrisas mucho más pálido é inmóvil que lo habitual. Junto con el soldado del VW, llamaron a un médico que estaba unos autos más adelante. El hombre del Caravelle, tan pálido y serio, se había envenenado.

Los amigos de Perpignan, devolvieron una carta dirigida a él, enviada por Ivette, y que había llegado un tiempo después que el hombre del Caravelle volviera a París. Ivette la recibió, desilusionada por no tener respuesta de la persona que amó toda la vida, y a quién siguió esperando por siempre.

Consecuencias de la “La Autopista del Sur”, de Julio Cortázar

Ernesto Palner

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De querer y hacer

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De tanto hacer

lo que tenía que hacer,

se olvidó

que quería hacer.

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Xabier -ó de tetas, cuernos y destetes-

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Xabier

                                                           -ó de tetas, cuernos y destetes-

 

-¡Ostia, joder, quédate quieta ya! ¡Que no eres un perro, joder! ¡Tanto nervio por los petardos, niña! ¡Que yo quiero terminar ya, antes que tú, ostia! Pues mira, ahí va, muy bien, así, así, así, ahí vamos, tú te quedas así, así, quietecita, yo puedo acariciar tus tetas suavemente, los dos hacemos lo nuestro, y ya, a otra cosa. Que esta noche con suerte acaricio unas tetas de verdad, ostia. Que ya ni me acuerdo como era eso. ¡Venga, va, que ya nos vamos entendiendo, ahí va… joder!

Xabier, siempre ha trabajado en el tambo junto a su padre y a Patxi, su primo. Las vacas precisan atención todos los días del año; no existen sábados, domingos, ni feriados; no saben de citas, ni de encierros, ni de corridas, ni nada. Y ese día, Xabier tenía programado hacer exactamente todo eso. Lo de las corridas y encierros lo hizo ya desde pequeño, con los becerros, pero lo de las citas no era precisamente su fuerte. Salvo Martitza, quien a los catorce años fuera su primer, único, y gran amor, nadie sabía de la suavidad de esas manos en las partes más íntimas del cuerpo de una mujer. Desde que terminó la escuela, solamente se dedicaba al trabajo en el tambo, y en sus ratos libres, a prepararse para las corridas y encierros, que le daban esa sensación de riesgo, de vértigo, de ganarle a la muerte, de sentir que podía derrotarla para siempre y por siempre, como le hubiese gustado haberlo hecho con José, el andaluz ése que conquistó a Martitza, al que no tuvo la valentía de enfrentar, ó no se dio cuenta en el momento, que esa pérdida lo dejaría tan roto por dentro, tan triste, como se seguía sintiendo aún hoy, pese al tiempo que había pasado.

Por su físico exuberante, sus formas un poco toscas, y con unas manos que de tanto extraer hasta la última gota blanca que saliera de las ubres parecían estallar de grandeza, nadie pensaba que Xabier estaría con un dolor tan grande en su interior. Siempre sonriente, saludador a dos manos con quien se cruzara en el pueblo, poseía todo el semblante de una persona que tenía “la vaca atada”, como gustaba decir su padre de aquellos que tenían montones de billetes, ó se sentían bien con la vida. Iba siempre vestido de blanco, con su boina roja calada hacia la izquierda, orgullo de corredor en los sanfermines, y contaba con varias corridas de antología para los sabedores de esas lides. Para todos los expertos, salvo para su padre, que siempre recordaba más anécdotas ó gestos de valentía de otros corredores, como de Patxi, ó del Zurdo Etchegaray, que historias de su propio hijo, al que tenía por bastante flojo, y un tanto acobardado, según comentara en más de una ocasión en la bodega donde almorzaba a diario.

-¡Que sí apá, que sí! ¡Terminé recién con la Blanquita, que era la última, y la próxima vez que se ponga tan pero tan lenta, tendré que ablandarla a ostias! ¡Si esa vaca quiere guardarse la leche en sus tetas, que reviente, joder! ¡Todos los santos días lo mismo, ostia!

Terminada la rutina del tambo, Xabier juntó sus cosas, respiró hondo, tenía que ir a prepararse para la corrida, y para su cita. Saludó a todos, y cuando se estaba marchando escuchó a su primo Patxi:

-¡Eh Xabier, que quiero verte enfrentar los cuernos hoy, eh! ¡Venga, agur, buena corrida primo, agur!- se despedía.

Seguramente, Patxi hablaba sólo de lo que hablaba, de los cuernos de los toros, pero Xabier sentía como una molestia con esas frases, lo de “enfrentar los cuernos” no podía asimilarlo sólo como una cuestión de tauromaquia, le volvían a la mente el andaluz y Martitza.

Llegó a su casa, alistó lo necesario, revisó por última vez el ordenador, no sabía si quería tener la confirmación de la ansiada cita, posterior a la corrida, ó si prefería que esa mujer se hubiera echado atrás. Que no era miedo lo que sentía, no, pero estaba como molesto, nervioso. Hacía varios años que mantenían un intercambio de mensajes, se habían cruzado algunos “me gusta” de Facebook de un sitio* que visitaban ambos, y de repente un día, no recordaba como, empezaron una relación vía internet.

Todavía no se conocían personalmente, al parecer ella tenía una madre bastante absorbente, y con alguna enfermedad que requería su atención constante. Ahora, que la madre había fallecido hacía un tiempo, esta mujer tomaba un poquito las riendas de su propia vida, y le había propuesto a Xabier una cita. Mejor dicho, como ya venía conociendo a este hombre que lo sentía tan tierno, tan buena persona, y que por otro lado lo creía incapaz de invitarla a salir por su timidez evidente en lo que le escribía, hizo las cosas de tal forma que él creyera ser el que tomó la iniciativa de la cita, y de esa manera concretar el encuentro.

Xabier, revisó sus correos, la cita se mantenía en pié, a las 17 en el “Patisserie”, ese bar nuevo que habían abierto frente a la plaza Navarra. Una vez alistado para la corrida, salió decidido.

–Primero, lo primero-, se dijo.

Como siempre, estaban preparadas y listas para la corrida una gran cantidad de personas. En cuanto liberaron a la bestia y comenzó la carrera, Xabier tomó la delantera junto a otro conocido corredor. Al cabo de unas calles, siempre con el toro por detrás de ellos, al doblar una esquina, sintió un griterío. Siguieron corriendo, doblaron nuevamente, pero el toro no aparecía, no les alcanzaba. Al cabo de unos segundos, apareció al fin esa bestia más embravecida que antes, y tirando cornadas en todas direcciones. Cuando al fin llegaron al encierro, con la bestia ya en la plaza de toros, Xabier había sido el primero, había triunfado otra vez, ó mejor dicho, por ésta vez, le había ganado a esos cuernos amenazantes.

Pese a la alegría de haber hecho bien su faena, notaba en la gente un cierto pesar, no entendía que sucedía. Al parecer, según le contaron luego, ese griterío que escuchó en la corrida, fue a razón de una embestida que hizo el toro contra una señorita, que totalmente imprudente, y vaya uno a saber que iría pensando en que, había cruzado las vallas de contención, y no lo había sacado barato.

Xabier, luego de pasar por su casa para cambiarse de ropas, y de acuerdo a los planes de ese día, llegó a la cita a la hora pactada. Para reconocer a Cecilia, según lo convenido, ella estaría vestida totalmente de rojo.

El cuidador del corral, donde guardan los toros para la corrida del día siguiente, no supo como logró escabullirse, ni tampoco como salió con vida, ese mozo que estaba enfrentando con sus puños ensangrentados los cuernos que lo apuntaban y rodeaban.

Lo cierto y triste es que, por culpa del destino, ó vaya a saber por culpa de quién, usted…  de tan inesperado final, fue.

Fin

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*Curiosamente, el sitio de internet donde se conocieron Cecilia y Xabier, es de una organización que trata de eliminar las sangrientas y brutales matanzas de toros, y proponen solamente mantener las corridas, los encierros, y luego los toreros que lidien con el animal a mano limpia; a capa y floreo, sin lastimarlo, ni mucho menos matarlo, ó sea, una forma de mantener la tradición, pero menos brutal, más pareja, más civilizada, y con verdadera valentía.

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                                                                                                                                                                          Ernesto Palner                                                                                                                           Oct’ 2015

De ecología y rarezas

20.09.2011 – Ghana/Accra – Ein Junge wirft einen Fernseher mehrere Male auf den Boden, um an das Metal zu kommen. Im Hintergrund werden Reifen verbrannt. 100.000 Tonnen Elektroschrott werden jedes Jahr aus Deutschland in Drittweltländer verschoben. Ein Großteil landet in Ghana, wo Kinder den Müll nach Wertstoffen durchsuchen. Sodom und Gomorrha wird das Slum und der Elektroschrott-Platz in Accra, Ghanas Haupt- und Hafenstadt, genannt. Dort nehmen größtenteils Kinder die toxischen Elektrogeräte ohne jeglichen Sicherheitsschutz-maßnahmen auseinander. Schäden  für Gesundheit und Umwelt sind die Folge.

A los niños les molestan los cambios, prefieren seguir viendo miles de veces esa película que tanto les gustó, antes que arriesgarse a perder tiempo mirando una nueva. Les molestan las mudanzas, los cambios de escuela, de cama, de taza, de etc. de etc. de etc.

Los ebrios y los niños siempre dicen la verdad, reza la creencia popular, con cierta razón vista en muchas ocasiones.

Siempre tuve la costumbre de no echar a la basura las cosas que quizás me fueran útiles en un futuro, ó que consideraba que no estaban para tirar a la basura, si no que podrían seguir dando el uso para el cual fueron creadas, quizás no por mi, pero tal vez por otra persona. ¿Porqué pasar a scrap, ó destrucción total, algo que sigue estando en condiciones de uso? Claro que de ese concepto, ó estilo de vida, a convertirse en el Diógenes de la historia, hay un paso. Hablo del Diógenes que por no deshacerse de cosas, un buen día su casa estaba tan llena de muebles y objetos que tuvo que buscarse otra morada, a la cual también llenó de muebles y de objetos, y así sucesivamente…

Algunos de mis conocidos se asombran que siempre tengo el tornillo de la medida necesaria para esa tuerca, ó la ruedita que se le rompió de esa mesita rodante, ó una madera que es de la medida que precisa para esa ventana. En ciertas ocasiones se me ha catalogado de “raro” por estas cuestiones de no desechar nada servible, y me hicieron reconsiderar que tan rara era mi costumbre.

A medida que mis cabellos se empeñan en abandonar mi cuero cabelludo y no regresar, y a medida que veo como se habla de “cambios climáticos”, de “ecología”, de “consumo inteligente”, etc. etc. y etc., Como también veo a gente queriendo conseguir desesperadamente el último modelo de GoPro, Drone, IPhone, Ipad, Iquebueno, y Ikegiles!!!

¿Cómo puede una misma persona decirse preocupada por la ecología, por las ballenas del norte de Pakistán, los pingüinos de Bolivia, ó los unicornios de Atlántida, y a la vez consumir estúpidamente, banalmente, sin saber por qué, ó para qué, cuanta estupidez le venden???

¿Qué será lo raro? ¿No preocuparse por el pibe que está en la esquina limpiando vidrios de autos ó pidiendo monedas, pero sí preocuparse por las ballenas? Que está bien cuidar las ballenas, pero hay prioridades.  ¿Preocuparse por los pingüinos pero no por la cantidad de baterías y componentes electrónicos que no se sabe donde tirar, y suman contaminación en forma exponencial? ¿Apoyar a Greenpeace que es una organización tan turbia como la peor de las mafias, pero vestiditos de verde y con caritas de buenos?

Domingo a la tarde, me confieso: lo mío no es raro.

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Olas

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Las olas lamen la playa,

y regresan con el mar.

 

Mi lengua probó tu piel,

sólo piensa en regresar.

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Relatividad y tiempos


 

Relatividad y tiempos

 

Guardo para mí, un gran descubrimiento,

no logro ni busco detener el tiempo todavía,

que sería el objetivo final,

pero logro en forma segura, eso sí,

alargarlo, estirarlo, casi congelarlo.

 

Puedo hacerlo interminable,

segundos transformarlos en días,

minutos en meses,

y simplemente una ó dos horas,

puedo convertirlas en una eternidad.

 

Tengo que concentrarme,

y mantener la concentración, la idea,

no distraerme, fijar la imagen,

observar muy detenidamente

hasta el más mínimo detalle.

 

El método para lograrlo es simple,

consiste en internalizar en la mente,

hasta lo más profundo,

la maldita e insoportable realidad,

de cuanto tiempo,

de ese tiempo llamado real,

me hace falta

para volver a verla.

 

 

 

Ernesto Palner

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Mayo 2015